Mostrando entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de mayo de 2014

Investigación Inversa

La habitación se encontraba en un estado lamentable, el suelo estaba sembrado con trozos de cristal, madera y porcelana. Los libros yacían desparramados por la caída del mueble en el que descansaban, humedeciendo algunos sus palabras con la sangre de la víctima y el agua de un jarrón. Observó a su alrededor contemplando el desastre en que se había convertido el elegante salón comedor. Lo peor se lo había llevado el sillón, que presentaba varias puñaladas feroces que lo habían desgarrado, pero aquello eran solo los daños colaterales.

Él odiaba aquella parte, reconstruir los hechos, pero para eso le habían contratado, así que tomó aire, cerró los ojos para concentrarse y contuvo el aliento. Cuando los abrió de nuevo, el tiempo protestó con una sacudida y se removió, negándose a cambiar su curso hasta que, lentamente, fue rindiéndose a su voluntad y a regresar por donde había venido, fluyendo pesadamente en sentido contrario.

Durante unos instantes no ocurió nada, tan sólo la luz que atravesaba las cortinas variaba lentamente su inclinación hasta que repentinamente unos pies inertes asomaron por la puerta del salón, deshaciendo el surco que habían formado entre los escombros del salón. A los pies les siguieron las piernas y poco después el cuerpo de la mujer, doblándose terriblemente contra el marco de la puerta hasta enderezarse y continuar su retroceso. La cabeza hizo su aparición, con su rubia y enmarañada cabellera sujeta con fuerza por la mano de un hombre que la usaba para arrastrar el maltrecho cadáver.

El tiempo continuó su marcha hacia atrás revelando con implacable sinceridad cada golpe, reconstruyendo cada vaso de cristal y cada pieza del juego de porcelana, retornando cada libro y cada mueble a su lugar. Cada puñalada invertida hacía volar la sangre esparcida desde todas partes hasta el cuerpo de ella, sellando su piel y deshaciendo el daño en sus huesos, devolviéndole la vida, devolviéndole el dolor, devolviéndole el miedo...

El corazón del vidente vibro con fuerza y el flujo de la escena se detuvo despacio, como una pluma cayendo al suelo. Dio un paso y avanzó por la escena detenida, rodeó a la pareja y miró a los ojos del asesino congelado en el pasado, con su rostro contraído por la furia y la terrible arma en su mano, refulgiendo con el sol que se colaba por la ventana, limpio, justo antes de comenzar a teñirse de rojo... Su cuerpo reclamó imperiosamente el aire que necesitaba e incapaz de seguir conteniendo el aliento exhaló y el tiempo quedó libre de su presa, fluyendo como un torrente a toda velocidad, recreando la violenta escena hasta regresar a su cauce en el momento actual.

El investigador luchó por calmar su corazón desbocado y devolverle el oxígeno que había estado negando a su cuerpo, las sienes le palpitaban como un tren fuera de control y sintió que estaba a punto de desmayarse, pero otros ojos le observaban cargados de prejuicios, no podía permitirse el lujo de caer. Tomó otra larga bocanada de aire para recobrar la 
compostura, se irguió y observó a los presentes por un instante antes de responder a su silenciosa, pero insistente pregunta:

-Están equivocados, señores. Fue el amante, no el marido.

viernes, 18 de abril de 2014

Relato: Marta.

La gente decía que mi vecina, Marta, estaba loca, pero a mí siempre me pareció la mejor persona del mundo: Amable, sensible, sonriente y siempre estaba dispuesta a ayudar. Era cierto que tenía sus rarezas, pero eran tantas sus virtudes que no pude evitar enamorarme de ella.

El día que me declaré, ella llegaba del asilo de ancianos donde iba de voluntaria. Yo a veces la miraba entrar en casa por la mirilla de la puerta, ese día se detuvo y miró hacia atrás, pero no simplemente hacia la puerta, ¡hacia mí! y sonrió. Era la tercera vez esa semana que sucedía aquella escena y todas las anteriores me había retirado como un cobarde, pero aquella vez, antes de que se volviese para entrar en su casa abrí la puerta, salí de mi piso, fui hasta ella y, con los ojos cerrados con fuerza, le pedí que saliese conmigo. Ella se limitó a decir con una sonrisa radiante "¿Por qué has tardado tanto?".

Comenzamos nuestra relación y sus rarezas se me hicieron más evidentes, pero no me preocupaba que, cuando creía que no la miraba, se pusiese a hablar sola. Había sido así desde niña, siempre tenía un amigo imaginario distinto con el que hablaba en las escaleras de la puerta del edificio o en el banco del parque. Tampoco me importaba que tuviese miedo de la noche, ¿quién podía culparla en estos tiempos que corren?, pero se me hacía un poco difícil llevarla a cenar y cosas así porque tenía que estar en casa antes de la puesta de sol.

Una vez nos pasó en el cine. No calculamos bien la hora y al salir se había hecho de noche, entonces ella se puso muy pálida y nerviosa, se cubrió los oídos con las manos y cerró los ojos con fuerza. Temblaba tanto que no podía moverse y tuve que llevarla en brazos hasta el coche y luego hasta su casa. Esa noche la pasé con ella, no quiso que la dejase sola, pero tampoco quiso decirme a qué tenía tanto miedo.

Cuando enfermé, ella estuvo a mi lado desde la salida del sol hasta el atardecer, siempre haciéndome sonreír, haciéndome sentir mejor, incluso cuando los médicos me desahuciaron ella continuó siendo positiva hasta el final y cuando mi corazón se detuvo, lo hizo en paz.

Ahora he podido comprender de verdad sus rarezas. Nunca fueron amigos imaginarios, ni sus extraños recados eran fortuitos. Tampoco su miedo a la noche era gratuito, malos espíritus salen de noche buscando un alma buena que devorar... Ahora estoy muerto y soy yo el fantasma con el que Marta habla en las escaleras sin importarle que piensen que está loca.

lunes, 14 de abril de 2014

Ella

En sutil cruel amorío,
 
a sus ojeras homenaje.
 
Conversaciones de cama con la locura,
 
joven en demasía frecuentada,
 
que a quien la visita venda la mirada
 
con el opio de su sonrisa cara.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Relato: El gran seductor.

Se miró al espejo y sonrió a su reflejo. Peinó el escaso cabello que le quedaba a los lados de la cabeza y frotó su calva para dejarla lustrosa. Se ajustó los gemelos de oro y, mientras se abrochaba los botones de su camisa blanca, echó un vistazo por el reflejo a la cama de la habitación contigua, donde aquellas dos despampanantes mujeres yacían desnudas y dormidas bajo las sábanas revueltas. Una rubia y la otra latina, qué podía decir, siempre le había gustado la variedad.

Volvió la vista a su reflejo mientras se hacía el nudo de la corbata con la experta destreza de quien lo hace cada día. No dejaba de sorprenderle cómo, siendo él tan bajito que necesitaba un taburete para poder verse en el espejo, calvo, rechoncho y con leves bolsas bajo los ojos, casi con cara de besugo, podía conseguir meter en su cama mujeres tan impresionantes.

El juego siempre empezaba igual: Entraba en el local sin que nadie le prestase atención, reconocía visualmente el terreno desde la barra con un vaso de whisky en la mano hasta encontrar una mujer de su agrado, entonces se acercaba y ésta le miraba desde su altura con desdén, a veces incluso con asco. Si además estaba con otro hombre que también intentaba seducirla, le resultaba incluso más divertido. Le gustaba la competencia, le añadía dificultad y era mayor la satisfacción cuando salía victorioso, que por norma general era siempre.Hecho el acercamiento y aguantado el desprecio inicial desplegaba su labia y comenzaba realmente el juego.  En diez minutos romía las defensas de ella a base de hablarle y hacerla reír. En ese punto ella ya se había olvidado del otro tío, que a veces intentaba algún patético contraataque que lo hacía parecer un cretino. A esas alturas, la mujer estaba dispuesta a seguirle a la pista de baile y tras otros diez o veinte minutos sería ella misma la que le llevaría a la habitación.

Era impagable ese momento en el que se iba con la chica dejando al otro tío con tres palmos de narices, intentando asimilar cómo aquel retaco con cara de besugo le había levantado el ligue. Le encantaba regodearse con la victoria saludándolo por encima del hombro o guiñándole un ojo mientras llevaba a la dama por la cintura, cosa que alguna vez le había costado una paliza a la postre.

El leve sonido de las mujeres prontas a despertar por la luz del alba le hizo salir de su ensoñación y darse prisa en vestirse. No le gustaba el momento en el que se despertaban, de pronto volvían a verle tal y como se veía él en el espejo, como si de pronto saliesen de un hechizo, y cuando la sorpresa pasaba, empezaba la escenita de lágrimas arrepentidas, huidas apresuradas y demás, alguna hasta le había lanzado un jarrón o el teléfono de la mesilla de noche... Definitivamente odiaba esa parte, y esta vez, como muchas otras, no estaría ahí para ver caer el telón de su teatro.

Silencioso como una sombra salió de la habitación de hotel con los zapatos en las manos, se calzó en el mismo pasillo, saludó a la sirvienta que pasaba por allí y se marchó silbando triunfante con la chaqueta sobre un hombro. Había vencido a la belleza una vez más.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Relato: Caos Liberado

Desde muy joven le enseñaron que debía seguir las normas y cumplir con su deber, pues aquel era el mayor orgullo que se podía tener, y la mayor vergüenza era dejarse llevar por los deseos y las pasiones, pues éstas volvían vacuos a los hombres y les impedían ser diligentes y productivos. De esta manera, supo renunciar al color en su vida, como a cualquier otra cosa que le apartase de la productividad, lo más difícil para él fue renunciar a aquella joven de sonrisa eterna, pero cuando lo hizo, el color por fin desapareció y su mundo se tornó de un agradable y ordenado gris que quedó consolidado con su matrimonio con una mujer tan gris como él, mucho más adecuada. Aquel sacrificio era su mayor orgullo y después de aquello tuvo la felicidad absoluta de servir como ayudante personal del dueño de una fábrica textil de su ciudad, para el cual estaba disponible para cualquier asunto a cualquier hora del día o de la noche, el deber y el orden era su religión y él era un creyente sumamente devoto.

Una tarde regresó a la fábrica cerca del atardecer, hacía horas que debería haberse ido a casa, pero quería comprobar que todo estuviese perfecto para el día siguiente. Terminaba su inspección cuando escuchó ruidos en la oficina de su jefe, que debía estar desierta, pero tal vez él se había quedado por algún papeleo, por lo que fue allí a ver si podía aligerar su carga. Según se acercaba los ruidos se hacían más extraños y algo en su interior se removió como queriendo chillar, pero lo acalló como siempre hacía, como le habían enseñado. Abrió la puerta y allí halló a su mujer sobre el escritorio, debajo de su patrón, la risa y el gozo de ambos se detuvo con su irrupción sólo un instante, luego continuaron, invitándole a mirar o marcharse. Cruzó una mirada con su esposa, sin comprender lo que estaba pasando, ésta le desdeñó y le echó a él la culpa de su traición, por haber amado más su deber y su trabajo que a ella, ahora su amor sería para su patrón, que sí la atendía como corresponde a una mujer.
 

Todo cuanto había sacrificado, todo cuanto había trabajado, toda su devoción, todo el esfuerzo por que todo fuese perfecto le había llevado a aquella situación. Las imágenes se sucedieron en su mente, los recuerdos hechos
grises por voluntad propia se agolparon al unísono y los muros de la presa que contenía el océano de emociones de su corazón se resquebrajaron. Apretó los dientes y los puños para retener aquel torrente que se escapaba, pero no podía contra semejante caudal. Su cuerpo empezó a temblar descontroladamente y con él los objetos del despacho se sacudieron hasta caer al suelo. La inundación alcanzó su garganta con un gruñido y la mesa de la traición se partió en dos dejando caer a los amantes, que se detuvieron aturdidos. Los cristales cometieron suicidio en un parpadeo y sus pedazos se desparramaron por el suelo acompañando a sus lágrimas, que caían imparables. Finalmente, el torrente rompió por completo el dique de su corazón y su boca se abrió en un grito mudo que comprimió su cuerpo, los adúlteros se taparon con dolor los oídos antes de que la sangre comenzase a salir de ellos, de su nariz y luego de sus ojos mientras sus vísceras eran aplastadas dentro de sus cuerpos por aquel rugido silencioso.

Cuando abrió los ojos, los amantes infieles yacían inertes con los ojos anegados de sangre, vidriosos y vacíos. Él, siempre educado, atusó su traje, y pidió disculpas a los cadáveres por la intrusión y su repentina pérdida de compostura, informó al cadáver de su jefe de su dimisión y al de su mujer del divorcio, luego se marchó cerrando sin ruido la puerta tras de sí.


Fuera, el cielo ardía con el atardecer, y se detuvo unos instantes a contemplar aquel maravilloso espectáculo de color como si lo viese por primera vez. Entonces aquellos rojos, dorados y naranjas contra los azules y morados le dieron una idea que le hizo esbozar una sonrisa y silbando alegremente caminó de regreso a su casa con pensamientos incendiarios.

martes, 18 de febrero de 2014

Relato: Campiña Onírica

De pronto, al otro lado de la puerta y de la ventana una campiña de violáceas hierbas de un palmo de altura se extiende cortada por un camino de grandes piedras, flores de brillantes rojos, amarillos y azules llenan de color la hierba y aquí y allá largos tallos tan altos o más que un hombre se elevan coronados por flores del tamaño de una sandía cuyos pistilos rojos se mecen y tiemblan con la suave brisa que levantan las alas de las mariposas de oro y plata que refulgen reflejando el sol con cada perezoso batir. 

Al pasar remontando el camino, pequeñas criaturas rayadas y azules alzan la cabeza por encima del follaje, atraídos por el sonido de sus pasos un instante antes de volver a sumergirse entre la hierba. El sendero sube la colina pasando al lado de una elevación abrupta sobre la que un gran gato rosa de ojos dorados, tan grande como un gran danés observa con inquietante mirada, pero sin mover más que su cabeza para seguir su camino, que tuerce hacia la izquierda hasta un bosque de árboles de tronco gris y hojas moradas, tan juntos que ni aunque quisiese podría apartarse de la vereda que desciende por una ligera hondonada para luego ascender junto a una gran roca grabada con grandes espirales, pasando bajo un portal de pesados dólmenes igualmente grabados.

Bajo este pórtico se detiene, arriba parece más frío, más oscuro, el miedo finalmente hace acto de presencia, ¿se atreverá a subir?, ¿qué habrá arriba?, se pregunta. Tras unos segundos, su curiosidad vence al temor y finalmente frunce el ceño y da un paso al frente.

viernes, 17 de enero de 2014

El Cuento de la Bruja.

Ven, Iona, mi niña -Dijo la bruja Dagmar a su hijita -Voy a contarte una historia.

La pequeña se sentó en las rodillas de su madre y la miró atentamente, le encantaban sus historias, incluso las que daban miedo.

-Nuestra magia es fuerte, hija mía, fuerte pero peligrosa si uno no tiene cuidado. Esta es la historia de Namarog, rey nigromante del sur:

"El rey era un poderoso brujo y un hombre sabio como ninguno. Dominó con gran destreza las artes de la muerte y creó algunos de los hechizos que usamos hoy en día. Gracias a él, los nigromantes dejaron de ser perseguidos y empezaron a ser miembros respetados de la sociedad que usaban sus conocimientos del cuerpo y su magia para curar enfermedades y aliviar el dolor de la muerte.

Su reinado fue próspero, pero había una cosa que angustiaba al gran rey, su propia mortalidad. Su conocimiento de la muerte era tan extenso que podía sentir cómo su cuerpo decaía día tras día, lenta pero inexorablemente, así que buscó en su magia una manera de escapar de la vejez.

Intentó muchas cosas, algunas de ellas terribles, pero era tan amado, que no le faltaron voluntarios dispuestos a convertirse en horrores vivientes. Finalmente fue su buen hijo menor quien dio con la clave que su padre tanto buscaba, tan seguro estaba de su descubrimiento que se presentó voluntario para llevar a cabo el proceso. El rey siguió las instrucciones de su hijo y cuando la muerte tocó al príncipe Nuar, no pudo llevarse su espíritu, entonces el cadáver se alzó convirtiéndose en el primer no muerto, el primer liche.

El rey Namarog estaba exultante de alegría e hizo fiestas en palacio, luego investigó los cambios de Nuar estando cada vez más satisfecho y convencido de que aquella era la respuesta. Tan obnubilado estaba que no prestó atención a la extraña enfermedad que se extendió con presteza entre los habitantes del palacio, un mal que sólo respetaba el poder de aquellos que manejaban la muerte. Así cayeron muchos, incluida la mujer de Nuar, Shalúa. También hubieron desapariciones y se corrió la voz de que la muerte estaba enfadada por lo que Namarog y Nuar habían hecho.

Tzarog, el hijo mayor y heredero del rey, no estaba contento con la ambición de inmortalidad de su padre y vio con gran recelo el éxito de su hermano, así que mandó espías para que lo vigilasen. Bien hizo en sospechar, pues al regresar, los espías contaron al príncipe que su hermano era la fuente de la enfermedad y que salía por las noches para alimentar su cuerpo muerto con la sangre de los vivos acompañado por su difunta esposa Shalúa, que regresaba a la tumba al despuntar el alba.

Tzarog trató de persuadir a su padre y desenmascarar a su hermano, pero el liche fingía ser igual que siempre con absoluta veracidad, engañando a su padre y a sus criados, pues un liche conserva todos los recuerdos que tenía en vida, incluso el recuerdo de sus sentimientos de amor, pero el alma de un liche está muerta y nada siente en verdad salvo cuando sacia su sed de sangre.

En un momento de descuido, Nuar atrapó en solitario a Tzarog y le confesó sus pecados: Su primera víctima había sido su propia esposa, el sentimiento de amor había despertado su hambre y la había consumido para luego resurgirla como esclava unida a su ser, luego había intentado no alimentarse, pero aquello había aumentado su hambre hasta que no podía controlarlo y había matado a muchos siervos, siempre en silencio, siempre oculto, más tarde había conseguido controlar su necesidad drenando de muchas víctimas un poco cada vez, pero aquello le negaba el éxtasis que sentía al vaciar de vida a una persona. Al ver el horror pintado en la cara de Tzarog, Nuar se rió con una crueldad que jamás había sido suya y reconoció que le había contado la verdad para disfrutar de su frustración al no poder demostrarlo ante su padre, que al que pronto haría morir.

Tzarog trató de nuevo de persuadir a su padre, pero tal como Nuar le había dicho, no le creyó. Y así con gran dolor en su corazón, el príncipe se rebeló y se alzó en armas seguido por una gran multitud que temía el mal del liche, pero muchos más amaban a su buen rey por lo que grande fue la mortandad y cruenta la guerra. 


Tras varios años de guerra, el viejo rey quiso llevar a cabo el ritual de inmortalidad, pero Nuar le engañó y torció el conjuro para evitar su resurrección por lo que murió dejándo el trono en manos del liche. Fue entonces cuando gran parte de los hombres del rey abrió los ojos y se unieron a la rebelión de Tzarog.

Tras mucho dolor, finalmente Tzarog en persona logró decapitar a su hermano no muerto tras vencerle en un duelo singular y reclamó el trono que le pertenecía por derecho convirtiéndose en rey para regocijo del pueblo libre al fin del no muerto. Pero a la tercera noche, Nuar se levantó una vez más de la tumba y atacó ferozmente aniquilando a muchos, sin embargo dejó escapar a su hermano, burlándose de él y desafiándolo a que lo intentase de nuevo.


Cien veces se enfrentaron y de cien maneras distintas mató Tzarog a Nuar, pero cada vez que moría, al cabo de un tiempo retornaba con igual fortaleza. Desesperado, el rey construir pesadas cajas de piedra en las que introdujo las cenizas de los miembros cercenados del liche que luego fueron escondidas en lugares ocultos bajo tierra y llenos de trampas. Para mantener el secreto, sus fieles se quitaron la vida sin decirle al rey la ubicación exacta de cada caja a fin de que jamás fuesen halladas y el no muerto regresase para azotar la tierra y desangrar a los hombres".

Terminado el cuento, la bruja dijo a su hijita.

-Un liche es una plaga viviente, más difícil de matar que ninguna otra, pues ya está muerto, recuerda lo que es amar y sentir, pero no ama ni siente y su magia se crece en la muerte, sin embargo todos ellos tienen mentes humanas, no importa lo malvados que se hayan vuelto o lo poderosos que sean, se les puede engañar, si eres lo bastante lista y valiente para hacerlo.


-Sí, madre -Contestó la pequeña Iona sin saber que quince años después de aquel cuento debería seguir su consejo y usar su ingenio para escapar de su madre propia madre convertida en liche, la gran bruja Dagmar, la Plaga de Voalheim.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Pesadilla Interminable


Me llaman loco porque no quiero dormir, ¡loco, dicen!, cuando son ellos los que se acuestan tan tranquilos en sus cómodas camas, con sus mullidas almohadas y se dejan ir ¡voluntariamente!, ¿es que no lo entienden? No, claro, es que al despertar no recuerdan lo que sucede mientras duermen ¡pero yo sí!. Yo lo recuerdo todo. Recuerdo cada vez que he sido herido, mutilado, perseguido, torturado y engañado por una realidad que esos insensatos dicen que es falsa, ¡FALSA! Sólo porque el sufrimiento se desvanece al despertar dicen que es falsa. No, amigo mío, es muy auténtica, sólo que mueres sin morir, deseas el descanso de la muerte, pero ésta no llega, nunca llega, no puede llegar, ¡es un maldito sueño!, pero es real, y por más que tu cuerpo esté sano al despertar, sabes que cuando caiga la noche, cuando el cansancio te derrote, volverás a entrar ahí, en ese infierno oscuro, a sufrir ocho horas de tortura ¿ocho?, ¡ojalá!, pero no, ahí dentro el tiempo pasa distinto, un día puede pasar en un momento y un momento puede durar días. Ojalá fueran sólo ocho horas... o más bien las cinco que duermo. 

Dicen que dormir cinco horas es malo para mi salud, que afectará a mi mente, que terminaré volviéndome loco, ¿serán imbéciles?, ¡YA estoy loco!, pero no por evitar dormir, ¡justamente por lo contrario!. Ellos no ven lo que yo veo, ni sufren lo que yo sufro, porque no recuerdan nada, tan sólo un escalofrío... ¡Ah, lo que daría yo porque fuese sólo un escalofrío!

Los malditos médicos me han encerrado en una celda acolchada, dicen que soy peligroso para mi mismo, ¡como si les importara lo que me pase!, van a cobrar igual su inútil sueldo a fin de mes me pase lo que me pase. Encima me han puesto una camisa de fuerza, ¡estupendo, ahora también me dejan indefenso!, ¿por qué no me ponen una manzana en la boca y me suben a una bandeja ya que estamos?. Me dan sedantes, "te ayudará a dormir mejor" dicen, ¡ignorantes!, ¡me han condenado a muerte!, ¿que por qué lo sé?, porque ya veo la sangre brotar de las costuras de las paredes, densa y oscura, el charco ya va cerrando el círculo a mi alrededor y noto su hirviente calor ácido acercándose. Ya puedo oír los gruñidos hambrientos, me están esperando.

Esta noche moriré otra vez... muchas veces.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Día de Cobro


Dicen que llega un momento en la vida en el que una persona tranquila deja de serlo. Dicen los psicólogos que todos tenemos doble personalidad. Sea como fuere, él se sentía plenamente él mismo entrando con su fusil en el edificio empresarial que había sido prácticamente su hogar durante los últimos... ¿seis años?

Dicen que del amor al odio no hay más que un paso ¡patrañas!, su odio había sido amasado y macerado durante mucho tiempo, forjado a base de bromas pesadas y templado por un sinfín de horas extras impagadas y malagradecidas que habían convertido su brillante mirada en un pozo de sombras.

Ya iba siendo hora de cobrar, y lo iba a hacer con intereses... de plomo y sangre.

Escrito como espectador de Luchalibro Tenerife 2013 con las palabras: Edificio-Fusil-Amor.

http://luchalibrocanarias.wordpress.com/author/luchalibrocanarias/

jueves, 3 de octubre de 2013

La llamada de la sangre

El martillo restalla contra el acero que se dobla sobre el yunque mientras el agua espera para templar el metal. Fuera, el frío viento crispa los huesos y arrastra consigo pesadas nubes oscuras que se ciernen acompañadas por la canción de los cuervos, funesto aviso de lo que se avecina.

Las cadenas chirrían y las piezas de armadura entrechocan. La guardia se prepara en una danza de armas y ordenes hasta que todo se detiene y el mundo parece contener la respiración.

En lontananza se ve una sombra sobre la tierra, una pequeña mancha que se arrastra lentamente como una enfermedad mientras el sol a su paso se oculta para no verla. Dos oscuras figuras se adelantan al pequeño ejército, ambos poseen unos ojos inquietantes, azules como el hielo más antiguo, casi brillantes en la penumbra de ese día aciago. El primero, de andar seguro, luce un rostro severo y una mirada fría; el segundo avanza con una sonrisa salvaje y una expresión arrogante mientras observa a los soldados apostados sobre los viejos muros de la ciudad mientras su mano acaricia ansiosa el mango de su espada.

Los dos hombres se detienen sin miedo ante las gruesas puertas de la ciudad. El primero exige la rendición y ofrece el indulto para los aldeanos; el segundo desafía a los valientes a luchar y morir.

La lucha empieza, los gritos y los cuernos de guerra irrumpen en el silencio dando paso a la danza del acero y la sangre. Las armaduras se rajan, las lanzas se parten y las espadas se mellan, los cuernos dejan de sonar y los estandartes caen. La tormenta de guerra cesa y cae el silencio como un manto que arrastra lo acontecido y vuelve a ser audible la canción del viento y los cuervos, acompañada ahora por el llanto de los supervivientes, las cadenas y el restallar del látigo captor.

El hombre severo observa satisfecho desde el palco real; el otro sonríe orgulloso en el patio, sentado sobre el trono hecho con los cuerpos amontonados de la multitud que ha matado con sus propias manos. Una ciudad más ha caído bajo el yugo de los hermanos. Pronto, la profecía se cumplirá y uno de los dos lucirá la corona y el cetro del reino. Mas no es el único hado que se ha pronunciado y así como la fortuna alza, también derriba.

El tiempo de la profecía llega. Los elegidos esparcidos pronto serán reunidos. La ruina del rey inmortal llega inexorable. La sangre llama al destino prometido... Estad preparados.

lunes, 12 de agosto de 2013

El último baño

En silencio se dirige al baño despojándose de la ropa mientras camina para meterse en el jacuzzi de aquella lujosa habitación de un hotel que decíase estar maldito. Está cansada de luchar contra el mundo, harta de tener esperanza, enferma de culpabilidad por la inevitable y degenerativa muerte de su hermana que se había empeñado en impedir a costa de perder su propia libertad, pero inevitable igualmente. Había entrado allí con otros para oponerse al mal de aquel lugar, ella era el médico del equipo, pero ella no había visto mal alguno, sólo lujo, vanidad y opulencia... todo cuanto ella nunca pudo disfrutar. Si aquello era el infierno, sin dudar firmaría su condena.




Abre el grifo del agua caliente y sólo la caliente, que quema como si fuese lava, pero no le duele, no siente nada. No le preocupa que las luces de la habitación vayan perdiendo brillo hasta apagarse, ni se inmuta cuando observa que el agua en que se baña se ha convertido en sangre, sólo importa que la intensa sensación ardiente calma su angustia, o más bien anestesia su dolor embriagándola con una sensación que no es paz, sino más bien como cuando uno cae en un pesado sueño, un sueño en el que la conciencia se disuelve y desaparece poco a poco la hiriente luz de la esperanza que durante todos aquellos años había estado iluminando su sendero, animándola a seguir adelante, a buscar la manera de detener lo inevitable tan sólo para, al final, dejarla caer en un pozo más oscuro...

Allí, tumbada a oscuras, sumergida en sangre hirviente y burbujeante, la esperanza y el amor salen de su corazón, extirpados de su alma, calcinados y disueltos para siempre en la roja oscuridad. 
 
Finalmente emerge lentamente del pozo de sangre, convertida en algo distinto, oscuro y carente de aquella luz hiriente... no, ese dolor no regresará nunca más. En su lugar hay un vacío hueco y frío, un hambre extraña por esa misma luz que le duele y desprecia, una necesidad de arrancársela del pecho a cualquiera que la tenga y convertirlo en lo que ahora es ella, un ser libre de la luz mentirosa de la esperanza y el amor que crece en el corazón como un cáncer, una enfermedad que ella, como médico, debe extirpar...

 Con esa ida obsesiva como un apetito insaciable sale de la habitación embadurnada aún en una sangre que tal vez sea la de su propio corazón muerto, pero ya no importa, ahora ya no puede enfermar, no puede morir, ya no es humana, débil y sometida a estupideces como la bondad. Ahora ella es algo más fuerte, más oscuro... y pronto, todos serán como ella.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La Hoguera del Caballero Errante

El fuego de la hoguera ardía con calmada intensidad, templando con su crepitar el ánimo del solitario caballero errante que al amparo de su dorada luz descansaba.

En sus ojos, las llamas ardían con un fulgor muy distinto al de su hoguera. Una llama llama inquietante, alimentada por la feroz batalla que libraba en su interiro.Una batalla contra sus recuerdos y arrepentimientos, contra cada muerte que no pudo o no quiso evitar. Una guerra contra cada horror que había enfrentado hasta ese momento y contra el temor al que debía hacer frente en breve.

El caballero errante cerró los ojos y suspiró. Había logrado vencer una noche más al peor de sus enemigos: Su propia locura.


 

Publicado en El Vagón de las Artes Nº 9.
www.elvagondelasartes.es

jueves, 14 de marzo de 2013

La primera misión

El grupo de mercenarios ocupaba la suite mayor del hotel, una gran estancia con varias habitaciones y salón principal, todo ello decorado con un estilo antiguo, muy recargado con estatuas y angelotes, con mármoles blancos maderas oscuras y lacados dorados, alfombras gruesas y grandes espejos ovales. Nada de aquello les agradaba, sin embargo el que cada habitación tuviese su propio baño con jacuzzi les permitía perdonar aquel estilo mientras realizaban su misión.

Debían liquidar a un hombre, un catedrático de literatura e historia al que habían expulsado de la universidad por sus excentricidades, al parecer se había obsesionado con ciertos documentos heréticos de la edad media que había estado traduciendo y que se había llevado consigo al ser expulsado. Alguien había pagado una buena suma por acabar con aquel sesentón y recuperar los valiosos volúmenes. Ellos no hacían preguntas, y aunque a él no le olía nada bien el asunto, siendo el nuevo del equipo prefirió callarse y evitarse que le pusieran la "etiquetita" de paranoico y timorato.

Habían encontrado al objetivo aquel mismo día comprando en una tienda de homeopatía. Desde aquel momento habían estado siguiéndolo hasta que finalmente llegó a la que con toda probabilidad debía ser su guarida. Era de esperar que fuese él, el novato, el encargado de realizar la vigilancia aquella noche, Marcus estaba con él de acompañante, era el último del equipo después de él, así que estaba claro que los veteranos habían dejado a los jóvenes el trabajo aburrido para luego acaparar la diversión.

Durante el día no sucedió nada, no fue hasta el anochecer que el anciano descendió al sótano, forzando a los dos mercenarios a desplazarse para poder mantener el contacto visual a través del pequeño ventanuco a ras de suelo que llevaba hasta allí. El viejo erudito se hallaba sentado en una antigua mesa de roble cargada de velas encendidas frente a un antiguo volumen y un pisapapeles de piedra casi del tamaño de su cabeza que parecía una gárgola en miniatura. Marcus llamó entonces al jefe para confirmar el objetivo principal, los libros.

Después de media hora observando al viejo estudiando aquel enorme libro de cuero, su compañero se marchó a dormir dejándole allí mirando cómo el anciano recitaba en voz baja lo que leía (como mucha gente mayor). Al cabo de una hora sintió curiosidad por su lectura y decidió usar el micrófono direccional para ver qué decía, al hacerlo escuchó al viejo hablar en un idioma que no le sonaba en absoluto, pensó en apagar el aparato, sin embargo algo le hizo seguir escuchando, como hipnotizado por aquel leve canturreo cuya entonación parecía ir lentamente "in crescendo".

De pronto el anciano cesó de hablar y sonrió. Luego empezaron los gritos.