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martes, 17 de diciembre de 2013

Era del Caos. Capítulo 2. Escena 6.

Libro Primero: En el ojo del Remolino.


 Una Cueva Concurrida.
 
Ocelón se había adentrado sólo en la jungla siguiendo su instinto para encontrar a la mujer que perseguía al fugitivo. Después de mucho rato andando escuchó los cascos de un caballo y sin dudar le salió al paso. 

-Saludos, me he perdido en la jungla y busco un refugio donde... -Su voz se cortó un momento al darse cuenta de que había encontrado a la mujer que buscaba. -¿Te encuentras bien?, ¿encontraste al fugitivo?

-¿Tú no eres de por aquí verdad?

-No, desde luego, pero no me importaría quedarme si fuese en tan buena compañía -Contestó él con una sonrisa encantadora. Ella le observó de arriba abajo desde su capucha contemplando su apostura y complacida le ofreció ayuda.

-No hay mucho refugio en la selva y hacia el este hay una cueva donde mora un peligroso fantasma, muchos han desaparecido en ese lugar.

-Deben ser fantasmas ruidosos porque desde aquí se oyen voces de hombres hablando -También ella se volvió, sorprendida al escuchar aquel murmullo que antes, tal vez por la superstición del lugar, no había podido oir.

-Creo que no hay tales fantasmas, hermosa. Acerquémonos y no temas, yo te protegeré.

Pese a la renuencia de ella, se acercaron juntos a la zona de la caverna hallando allí un grupo de personas conversando tranquilamente, guarecidas de las pesadas gotas de lluvia que empezaban a caer sobre la isla. El grupo pareció percatarse de los recién llegados y rápidamente adoptaron posiciones de combate. Una mujer que Calipso reconoció como la que había liberado a los prisioneros en el muelle echó mano de su arco para apuntarles con mano presta mientras la extraña criatura, mezcla de hombre y tejón que había liberado se cuadraba a cuatro patas y mostraba sus pequeños colmillos inflando la poderosísima musculatura de su espalda mientras gruñía con el pelo de su columna y cola erizado.

El caballo de la Exénia se encabritó y aunque su dueña y el hombre a pie trataron de controlarlo, un nuevo gruñido de la criatura lo desbocó y tras derribar a su jinete salió huyendo al galope hacia las profundidades de la selva. 

-¿Estás bien? -Preguntó Ocelón abrazándola con su izquierda mientras defendía los cuerpos de ambos con la espada de su diestra

-¡No!, ¡Poseidón, mi caballo! - Exclamó ella mirando en la dirección hacia la que había huido su montura.

-No venimos a luchar -Dijo Ocelón a los de la cueva tras comprobar de un vistazo que la mujer no tenía heridas graves -Anochece y no tenemos refugio para la lluvia- Potrodelviento y Peder intercambiaron miradas, luego la mujer bajó su arco con cautela mientras el otro se erguía sobre sus cortas piernas.

-De acuerdo -Anunció la nómada Orminón -Podéis entrar en la cueva, pero sabed que podéis posar aquí tan sólo hasta el amanecer.

-Yo no puedo, tengo que encontrar a mi caballo -Se quejó Calipso con cierta desesperación mientras se levantaba del suelo húmedo.

-Yo lo encontraré -Dijo Potrodelviento dando un paso al frente -Soy Orminón, criadora de caballos, además yo tengo montura con la que seguir a tu compañero -Silbó y la magnífica yegua blanca surgió de la oscuridad de la caverna para colocarse al lado de su hermana de alma, que montó sobre su grupa de un salto -¿Cómo se llama tu caballo?-

-Poseidón -La jinete sólo asintió y tras echar una mirada angustiada al cielo se internó a paso vivo espesura.

-Vamos dentro, siempre es más seguro estar en una cueva -Indicó Peder haciendo de anfitrión y llevando a la desconocida pareja al interior del refugio rocoso.


El cielo se había desplomado a la caída del sol y la salida de la cueva había quedado bloqueada por un río de agua y barro que corría furioso hacia el mar. Una hoguera ardía trémula en el interior de la caverna, alimentada por las pocas ramitas secas que habían logrado encontrar antes de que empezase a llover como si el cielo fuese a derrumbarse sobre ellos. Peder, Calipso y Ocelón se calentaban con las llamas mientras trataban de conocerse mutuamente y especulaban sobre lo que podía estar sucediendo en la isla. Por su parte, Peder se preguntaba qué estarían haciendo el sacerdote-serpiente, Adán y Fafnir en las profundidades de la caverna, pero no quería apartarse de la entrada por si regresaba Potro.

-Está tardando mucho -Comentó Peder con impaciencia tras varias horas removiéndose una vez que su curiosidad por los dos nuevos inquilinos de la cueva estuvo satisfecha.
-Es probable que haya quedado atrapada por la tormenta y haya buscado otro refugio donde guarecerse hasta que escampe un poco -Respondió Ocelón tratando de calmarle.

-Espero que Poseidón esté bien -Murmuró Calipso, preocupada -Le puede haber mordido una serpiente o haberse caído por alguna zanja y roto una pata... estaba muy asustado.

-Que no se turbe tu ánimo, confía en la mano de la Orminón, no hay gente más diestra con los caballos.
En ese momento, el sonido de uno pasos chapoteando les llegó desde el exterior de la cueva, al cabo de unos largos segundos apareció en la entrada no una Orminón y su yegua, sino un hombre de largos cabellos y ropas de cuero adornadas con huesos y pelo de caballo, completamente empapado.

-Vaya tiempo hace, eh -Saludó el recién llegado con ligereza mientras tomaba asiento junto al fuego cerca de Calipso, a la que dedicó una obvia mirada de interés que la recorrió de arriba abajo mientras dejaba a su lado su arco con plena confianza. 

-¿¡Y tú quien eres!?- exclamó Peder, casi indignado por la naturalidad con la que el desconocido había llegado y sin siquiera una mínima presentación o permiso se había acomodado junto a ellos.

-Soy Loboveloz, el mejor cazador Orminón al sur del Mar de los Vientos -Dijo el otro con orgullo, casi como si estuviese esperando la pregunta -Si suelen viajar mucho, tal vez hayan oído hablar de mí -respondió con una sonrisa deslumbrante. El grupo se miró entre sí y negaron con la cabeza, pero aquello no pareció desinflar el ánimo del recién llegado -Suele pasar, seguramente no viajan mucho por zonas de caza... Bueno y ya que nos presentamos ¿qué eres tú?, no había visto nada parecido- preguntó a Peder.

-Soy Peder, Peder Rocafría, soy un janar- contestó inflando su amplio y musculoso pecho con orgullo.

-No te pareces a ningún janar que yo haya visto, todos son altos y flacos, tu en cambio... -Lo miró de arriba abajo un momento -Eres todo lo contrario.

-Soy un Colatejón, una raza distinta -Contestó el janar con sequedad, claramente ofendido por el desdén del cazador -Vivimos bajo las montañas, muy al sur -Aclaró finalmente.

-He cazado algo por ahí, pero ni vi a ninguno ni escuché de ellos.

-No fuiste lo bastante lejos -Bufó cortante el Colatejón.

-Seguramente, tampoco me van mucho las cuevas... Espero no haberte ofendido, pequeño -El otro sólo refunfuñó algo ininteligible como única respuesta, luego, el cazador se volvió hacia Calipso ignorando por completo la existencia de Ocelón -Una joven tan guapa no debería tener una mirada tan triste, querida ¿qué sucedió?, ¿un mal amor tal vez?, quizá pueda consolarte -Dijo posando una mano casual en el hombro de ella, que sutilmente se apartó dejándola caer permitiendo a penas un ligero roce.

-En absoluto, cazador, pero no es asunto para tratar con desconocidos -Contestó ella enarcando una ceja.

-Extraño de ver que una sacerdotisa de Caidamari tímida, especialmente una que maneja la espada, pero me gustan las mujeres que saben defenderse -Respondió dedicándole una sonrisa pícara.

-Molestas a las señorita -Intervino Ocelón.

-No ha dicho nada en tal sentido -Respondió el otro encogiéndose de hombros.

-Es obvio que no te ve lo bastante hombre para ella, de necesitar un hombre, requeriría de un hombre de verdad.

-¿Acaso eres tú tal hombre? -Contestó el Orminón mirándolo de arriba abajo con una mueca burlona.

-Tal vez o tal vez no, pero sin duda tú no -Respondió con claro gesto de desafío.

Calipso soltó un sonoro suspiro de hastío murmurando "hombres" y se levantó para sentarse junto a Peder, luego descorchó la botella de ron Exénio que pendía de su cintura con los dientes y tras darle un par de tragos le ofreció a Peder. Tras un momento de duda sopesando el contenido de la botella, ofreció también a los otros dos con una mirada de advertencia y éstos bebieron un educado sorbo para evitar las iras de la sacerdotisa.

De las sombras del interior de la caverna apareció Adán, acercándose con su habitual silencio hasta que se dio cuenta de los "nuevos inquilinos" de la cueva, a los que echó un sombrío y prudente vistazo. 

-Karth ha encontrado una salida alternativa en la parte trasera de la caverna. Debemos ir.

-¡No podemos!- contestó Peder como un resorte -Potrodelviento fue a buscar el caballo de esa humana y todavía no ha vuelto, ¡no podemos irnos sin ella! -Adán sopesó la nueva información con cierto desagrado, luego se sentó dejando escapar un suspiro resignado.

-Entonces habrá que esperar...

viernes, 18 de octubre de 2013

Era del Caos. Capítulo 2. Escena 5.

Libro Primero: En el ojo del remolino


Extraños compañeros de cueva

Tras un rato hablando, el señor de la caverna había llegado a una serie de conclusiones sobre sus nuevos "inquilinos":  Lo primero, el guerrero llamado Adán era un Zalshid como él y por tanto podía confiar en que respetaría su territorio; lo segundo, que la mujer de la yegua le había mentido y tenía mucho que ver con la repentina furia del dios del remolino; y tercero que odiaba profundamente a la criatura pequeña y fuerte, pues carecía por completo de respeto por el territorio, la propiedad privada o la intimidad de los demás, además de resultar insoportable una vez comenzase a preguntar. Pensó en echarlos, pero ya había accedido a que permaneciesen allí esa noche, así que se retiró al interior de la caverna desactivando el hechizo de "temor" que mantenía encantada la cueva. 

En la entrada de la caverna, el grupo comenzó a notar el cambio de ambiente después de que el "hombre-serpiente" se marchase y conversaban entre sí sobre sus vidas. La jinete abandonó la charla tras un rato y se sentó en el suelo de cara al exterior con las piernas cruzadas,  con los ojos cerrados y en voz baja tarareó una canción rítmica y cargada de emoción, tras unos segundos alzó un poco la cabeza y elevó la intensidad, el aire parecía hacer eco de su voz y la esparció en todas direcciones. Las conversaciones cesaron y los otros observaron a la mujer en silencio por un momento hasta que, al cabo de unos segundos bajó volando un precioso pájaro quetzal que se posó en el suelo delante de ella. 

-Te saludo, hijo del viento -Dijo la orminón agachando la cabeza en señal de respeto, el ave pió y agachó el cuerpo en una especie de reverencia, luego la mujer continuó -Oh, hijo del viento, te ruego que le lleves un mensaje a nuestro señor.

Peder quiso acercarse movido por la curiosidad, profundamente sorprendido al ver a un ave hacer una reverencia, pero una fuerte mano se posó en su hombro y le detuvo. 

-No molestes a un sacerdote cuando habla con un mensajero de su dios -Dijo con un susurro solemne.

-Sólo quiero ver el pájaro... ¿viste que hizo una reverencia?, ¿crees que puedo aprender a hacer eso yo también? -Contestó el otro interrumpiéndose con sus propias preguntas. 

-Calla y observa -Respondió el salvaje.

-Llévale mis súplicas de ayuda y sé raudo, antes que el dios de aquí cierre los cielos y ni siquiera tú puedas salir de esta isla.

Dicho esto, el ave abrió sus alas y voló rápidamente hacia el sur, desapareciendo de su vista.

-¿Vendrá tu dios a ayudarnos? -Preguntó Adán tras unos segundos con evidente preocupación

-Vendrá... tiene que hacerlo -respondió con enigmático nerviosismo.

Unos ruidos entre los árboles pusieron al grupo en guardia. Adán y Peder se ocultaron entre las paredes de roca mientras Potrodelviento preparaba una flecha apuntando hacia la espesura.  

Pasaron unos segundos angustiosos, el crujir de las hojas se hizo más fuerte y pesado, acompañado de un sonido metálico. Los guerreros ocultos apretaron fuerte las empuñaduras de sus armas y la arquera tensó aún más la cuerda mientras una gota de sudor resbalaba por su sien izquierda. 

De entre los ramajes surgió una figura ancha y encapuchada, con púas atravesando su capa por los hombros y la espalda . 

-¡Alto ahí!, ¿Quién eres y qué quieres?- gritó ella con voz amenazadora. 

-Mmh... -Murmuró el jinete unos instantes sopesando la aparición -No eres un fantasma, qué decepción -dijo como para sí -Sólo busco refugio, pero nunca rechazo una buena pelea. Eso sí, más vale que tengas algo en ese arco, mujer, de lo contrario no me darás ni para empezar.

-Ven y compruébalo -Desafió Potrodelviento con dureza mientras medía la distancia. El otro agarró el arma que llevaba a la espalda, pero pareció pensárselo dos veces y la soltó despacio.

-Me encantaría, pero el cielo arrecia y la villa me persigue. Luchemos dentro, si es que hay espacio, o al menos donde el ruido no atraiga a la gente -Respondió. El ruido lejano confirmó como un fiel testigo la historia del guerrero y la arquera bajó su arma con desconfianza. El fen se adentró en la caverna sorprendiéndose por los tres guardianes ocultos que le habrían atacado si hubiese cedido a su violento instinto. Dos segundos después se sorprendió aún más al ver a Peder

-¡Maldito animal hocicudo!, ¿qué rayos haces aquí? -Le espetó escupiendo su rabia.

-Oh, vaya, qué coincidencia -Exclamó el otro con alegría -¿Qué haces aquí?

-Yo pregunté primero, maldito topo del demonio.

-Me vieron husmeando unas bolsas y se pensaron que estaba robando, ¡pero yo sólo quería saber qué había dentro!, me pusieron unos grilletes y a remar en un barco.

-No me sorprende, eres un mal ladrón. Yo vine por aquí a lo de siempre, buscando un desafío. ¿Bueno y el resto qué? -Dijo mirando alrededor -¿También retaron a un duelo al dios local? -La sorpresa enmudeció a los presentes, incapaces de creer que existiera alguien tan insensato. 

-¿Dijiste eso delante de todo el pueblo? -Exclamó Potrodelviento.

-Si, no hace ni dos horas. Había seguido hasta el templo a la gente del pueblo, pensé que era algún tipo de 
fiesta patronal o algo, allí solté eso y me empezó a perseguir la isla entera... ¡malditos fanáticos!

-¿Cómo llegasste a la cueva? -Interrumpió el sacerdote serpiente, algo preocupado por la cantidad de gente que había llegado a su refugio en un mismo día. 

-Iba con una mujer que me salvó el culo llevándome en su caballo, buscábamos un lugar donde escondernos cuando me di cuenta de que ella estaba dando un rodeo. Al preguntarle me dijo que no se acercaría a la cueva porque había un fantasma. Pensé que una cueva sería un buen refugio y si había un fantasma lo echaría a patadas, pero al final sólo eran supersticiones.

-Ssea como ssea, tú también deberáss irte al amanecer. Essta es mi cassa.

-De acuerdo, hombre serpiente, al amanecer me iré -Contestó tras mirar un instante la cueva y decidir si valía o no la pena luchar con aquel escuálido hombre vestido con piel de culebra y ojos de reptil.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Era del Caos. Capítulo 2. Escena 4.

  Libro Primero: En el ojo del remolino
Duelo Amistoso
Calipso y Fafnir cabalgaron juntos algún tiempo más, deteniéndose a descansar en un recodo en la base de las montañas del este que daba a una pequeña explanada oculta entre las rocas. Allí desmontaron para descansar y abrevar a los caballos en una fuentecilla que emergía perezosa de una grieta. 

El guerrero Fen llevaba un rato observando de reojo a la mujer, pero no su bello rostro de labios carnosos y ojos del color del mar, ni sus cabellos color azabache, tampoco su deseable cuerpo dorado por el sol, ni en las filigranas de henna de intrincado diseño que adornaban sus firmes brazos y vientre. Sus ojos se posaban más abajo de su cintura esbelta, más cerca de la sugerente curva de sus torneadas caderas ceñidas por un cinto de discos de oro y gemas, algo más a la izquierda, en concreto la espada curva que pendía de su otro cinto, mucho más humilde, tratando de decidir si aquella arma enjoyada y aquellos brazos pintados podían guardar un desafío.

-¿Sabes usarla, mujer? –Preguntó al fin el guerrero, señalando la espada de ella.

-¿Quieres comprobarlo? -Respondió Calipso con voz tentadora, acariciando sensualmente la vaina de su acero con la punta de sus dedos. 

La boca del guerrero se torció en una media sonrisa y sin mediar palabra, se levantó de la roca en la que se hallaba para dirigirse al medio de la explanada donde descargó el arma de su espalda poniéndose en posición de combate. Ella se despojó de su delicado manto y su bolsa dejando todo con su montura, que pastaba apaciblemente cerca del agua, y avanzó para encontrarse con el guerrero dedicándole una sonrisa seductora.
El Fen se hallaba ligeramente agazapado con su arma delante, analizando a su oponente, que acariciaba el aire con su acero mientras movía sinuosamente sus caderas, como si bailase una lenta y sensual tonada que sonase sólo para ella. El guerrero la observaba con una sonrisa salvaje perfilándose poco a poco en su rostro, sus ojos destellaron como carbones encendidos cuyas llamas fuesen avivadas por el viento mientras las hojas de su espada hacían hervir el aire a su alrededor por unos instantes, el tiempo que tardó en recordar que aquel duelo tan sólo era un combate amistoso, no un verdadero desafío. Pero en aquel momento de duda el brillante filo curvo de la mujer cayó sobre él rápido como una serpiente, tanteó un lado y golpeó con fuerza por el otro, por abajo y un golpe del canto de la hoja impactó sobre la parte descubierta del brazo del guerrero dejando tras de sí  pequeñas lenguas de fuego que lamieron su piel, pero para sorpresa de ella no le causaron ningún daño, sino más bien parecían ser absorbidas por él.

-¿Magia de fuego?, bien –Murmuró el guerrero montañés.

Con un golpe del hombro, Fafnir apartó a Calipso y asestó un poderoso tajo hacia el pecho de ella, que dobló su cuerpo hacia atrás en un ángulo casi imposible que hizo rozar sus cabellos con el suelo. El montañés no se detuvo y lanzó una lluvia de cortes rápidos alternando las dos hojas de su extraña arma de espadas unidas por el mango, balanceándola de un lado a otro como una vara, obligando a su oponente a desplegar toda su agilidad para evadir retorciendo y doblando su cuerpo de formas imposibles al compás de sus ataques, como si de una peligrosa danza se tratase.
El guerrero lanzó un golpe de señuelo a su garganta para atacar con el otro filo aprovechando el desequilibrio, pero la mujer lo evitó girando sobre si misma. El fen no se dejó tomar por sorpresa le lanzó una patada para desestabilizarla logrando tan sólo rozar su cuerpo, que se retorció como una serpiente, atrapándolo. Un tirón de ella y su mundo giró pesadamente hasta que el suelo golpeó su espalda sacando a medias el aire de sus pulmones.

Antes de que pudiera reaccionar, Calipso se había sentado a horcajadas sobre él y sostenía el acero contra su cuello.

-Gané -Le dijo dulcemente al tiempo que se acercaba a su rostro y besaba su mejilla, luego se quitó de encima con habilidad dejándolo libre.

Fafnir se levantó lentamente, se sentía aturdido por su encuentro con el suelo tanto como por los extraños movimientos de aquella mujer y su forma de declarar la victoria, sin fanfarrias ni gritos de victoria que honrasen a quienquiera que fuese su dios, pero pronto el carácter de su raza protestó echando a un lado su estupor, aceleró su pulso e inflamó su espíritu. Los ojos del montañés flamearon y cerró el puño que se inundó de llamas rabiosas que lamieron el aire. Con un gruñido, el guerrero dirigió su mano hacia un lado y las llamas salieron disparadas como por un cañón convirtiéndose en una bola de fuego que destruyó un joven árbol cercano. Calipso se le quedó mirando anonadada, había creado fuego de la nada, no lo había conjurado o invocado a espíritu alguno, ni había señal de filigranas o runas en su piel, ¡ni siquiera parecía haberse esforzado por dominar aquel poder!, más bien había salido de él sin más, como si su furia y su frustración se hubiesen convertido en fuego.

Aún se hallaba aturdida cuando el montañés se dirigió a ella.

-Perdona, por eso, los de mi raza somos algo temperamentales -Dijo con sencillez, completamente relajado, como si arder fuese lo más normal del mundo -Sólo tenía que liberar un poco la tensión -Añadió encogiéndose de hombros.

-Ya veo, ya... -Respondió la Exenia sin apartar la vista del árbol destrozado. Un estremecimiento subió por su espalda al imaginarse a sí misma en su lugar. 

-Has luchado bien, me has vencido en buena lid -Reconoció solemnemente el guerrero -Tus ataques son rápidos como los de una serpiente y tus movimientos hacen que golpearte sea como golpear el humo. Me gusta. No me equivoqué pensando que debía haber gente fuerte en esta isla perdida -Añadió de buen ánimo.

-Gracias -Contestó ella con un ligero rubor. Solía recibir cumplidos, a veces demasiados, pero era la primera vez que la agasajaban por su forma de luchar -Tu también eres muy bueno. Si toda tu gente lucha así debéis ser muy temidos allí en las montañas. 

-Algo así... -Respondió el otro con una sonrisa orgullosa -Las montañas son duras... pero a veces no lo suficiente.

-Deberíamos marcharnos -Le interrumpió Calipso de pronto, había caído en la cuenta de que el estallido y el humo podrían llamar la atención del pueblo y dirigirlos hasta allí. El otro siguió su mirada hacia el árbol y pareció llegar a su misma conclusión.

-Cierto, sigamos...