Libro primero: En el ojo del remolino.
La Audiencia
La
joven y su yegua ascendieron por la senda que salía desde la puerta de la ciudad y
curvaba hacia el oeste, subiendo después hacia el norte sobre las bajas montañas de la isla para circundarla hacia el este y finalmente hacia el sur y el oeste, convirtiéndose en el acantilado que conformaba el
brazo externo de la bocana por la que entraban los barcos a la bahía, al
sur de la isla, y que constituía el pico más alto, lugar donde se
alzaba el templo de la deidad local Tsikériní, dios del remolino, hijo del dios del viento y la diosa del tifón, hija del dios de las aguas.
El
templo del remolino era una estructura alargada que se retorcía en
espiral imitando a una gigantesca concha de cangrejo ermitaño, con las que,
de hecho, estaba construida, dándole un color blanco nacarado que emitía
hermosos reflejos con la luz del sol.
La
joven contempló el templo unos instantes sin dejarse impresionar por su
belleza, más bien preocupada por su entrevista con el sumo sacerdote, quien debía guiarle a la siguiente etapa de su peregrinaje. Finalmente tomó el valor necesario y con un suspiro impaciente descendió de la grupa de su yegua y se acercó a las puertas del templo.
-¿desea
algo señorita? -preguntó el sacerdote que abrió la puerta antes de que
estuviera ella lo bastante cerca como para llamar.
-entrar, debo hablar con el oráculo -respondió ella con sequedad al bajo sacerdote de ojos estrechos y sonrientes.
-por supuesto, querida ¿traes la ofrenda? -contestó el otro con voz amable y ojos escrutadores.
-cht-masculló la joven tras unos segundos de duelo de miradas poniendo a
penas un par de monedas en la garra de aquel buitre vestido de
sacerdote.
Por unos momentos, el hombre miró incrédulo la ridícula suma y le dirigió una mirada de elocuente reproche.
-¡demonios! -maldijo la chica y sacó unas monedas más. -es todo lo que tengo para viajar, ¿contento?-
-¿hija, has pensado en trabajar? -inquirió el sacerdote enarcando una ceja.
-¿es
suficiente o no?- insistió ella exasperada. El sacerdote se apartó con angustiosa calma permitiéndole pasar al interior del templo. La
Yegua se quejó con un sonoro bufido al que ella contestó sin volverse
-lo tendré-
El
interior del templo era un espacio luminoso que dejaba pasar los rayos
de sol a través de la hilera de amplias columnatas retorcidas en espiral
que serpenteaba siguiendo la curva del edificio. Los brillos multicolor
se apreciaban más allí, retorciéndose sobre si mismos y cambiando de
color con nuevo ángulo resultando casi hipnótico.
El portero la condujo por la rampa que
ascendía junto a las columnatas permitiéndole contemplar la hermosa
vista del mar, los acantilados, la ciudad, la selva, el camino por el
que había llegado allí y vuelta a empezar. Pasaron por varios pisos de puertas circulares que se adentraban en la estructura convirtiendo aquello en un pequeño laberinto hasta que finalmente alcanzaron la cima, entrando en una sala circular de
unos veinte metros de diámetro en cuyo extremo se alzaba un altillo para el altar
al que se accedía, como no, por una rampa que curvaba en espiral. Sobre la pequeña losa de piedra redonda de medio metro de altura descansaba
una palangana hecha con la mitad de una concha de caracol lo bastante
grande como para meter la cabeza por el hueco, tras la que observaba en
silencio un anciano cuyas barbas y bigotes se retorcían en espiral
formando un tridente, así como la larga coleta retorcida le caía por la
espalda.
Potrodelviento recorrió en silencio la estancia mientras el portero regresaba por donde habían venido tras una reverencia. La joven se detuvo ante el altillo del altar e inclinó la cabeza respetuosamente.
-Te he estado observando, hija, tu problema es realmente grave -dijo el anciano sin despegar la vista de las aguas de su media caracola
-¿puede hacer algo, santidad?
-tal vez, pero para consultar has de ofrendar.
-cht, ¿más dinero?- se quejó la joven cruzándose de brazos.
-más que eso, jovencita- contestó el anciano con cierto reproche en su voz al tiempo que alzaba la vista para mirarla directamente -has de traerme veneno de babosa arcoiris, una criatura bastante común en la selva, pero cuida de no tocarla o morirás
-ajam...- asintió con los brazos en jarras, moviendo el pie con impaciencia.
-una
caracola que no haya sido hecha sonar jamás y una piedra incandescente-
los ojos del anciano se estrecharon maliciosamente al mencionar el
último ingrediente.
-¿y eso está en...?-
-En la cercana isla de Urelis,
a orillas del río de lava. Tendrás que pagar el trasbordador en el
pueblo - resonó el eco del suspiro de la joven al mencionar el dinero - y
también conseguirte un contenedor ya que la roca estará ardiendo y así
debe llegar aquí para que funcione el ritual-
-vale- cortó tajante la mujer olvidándose del respeto y el decoro -me pondré a currar, pero más vale que tu ritual funcione.
-el ritual invocará la sabiduría del remolino sin duda, pero esa no es la solución sino el medio para hallarla.
Dicho esto, el anciano la despidió con la bendición ritual de la isla moviendo el dedo en espiral hacia adentro, pero ella no tenía paciencia para eso. Sin esperar a que acabase inclinó levemente la cabeza como despedida y salió a paso vivo mientras gruñía para sí de vuelta al pueblo. La cosa no iba a resultar tan sencilla y rápida como esperaba y encima tendría que conseguir dinero.