El martillo restalla contra el acero que se dobla sobre el yunque
mientras el agua espera para templar el metal. Fuera, el frío viento
crispa los huesos y arrastra consigo pesadas nubes oscuras que se
ciernen acompañadas por la canción de los cuervos, funesto aviso de lo
que se avecina.
Las cadenas chirrían y las piezas de armadura
entrechocan. La guardia se prepara en una danza de armas y ordenes hasta
que todo se detiene y el mundo parece contener la respiración.
En
lontananza se ve una sombra sobre la tierra, una pequeña mancha que se
arrastra lentamente como una enfermedad mientras el sol a su paso se
oculta para no verla. Dos oscuras figuras se adelantan al pequeño
ejército, ambos poseen unos ojos inquietantes, azules como el hielo más
antiguo, casi brillantes en la penumbra de ese día aciago. El primero,
de andar seguro, luce un rostro severo y una mirada fría; el segundo
avanza con una sonrisa salvaje y una expresión arrogante mientras
observa a los soldados apostados sobre los viejos muros de la ciudad
mientras su mano acaricia ansiosa el mango de su espada.
Los dos
hombres se detienen sin miedo ante las gruesas puertas de la ciudad. El
primero exige la rendición y ofrece el indulto para los aldeanos; el
segundo desafía a los valientes a luchar y morir.
La lucha
empieza, los gritos y los cuernos de guerra irrumpen en el silencio
dando paso a la danza del acero y la sangre. Las armaduras se rajan, las
lanzas se parten y las espadas se mellan, los cuernos dejan de sonar y
los estandartes caen. La tormenta de guerra cesa y cae el silencio como
un manto que arrastra lo acontecido y vuelve a ser audible la canción
del viento y los cuervos, acompañada ahora por el llanto de los
supervivientes, las cadenas y el restallar del látigo captor.
El
hombre severo observa satisfecho desde el palco real; el otro sonríe
orgulloso en el patio, sentado sobre el trono hecho con los cuerpos amontonados de la
multitud que ha matado con sus propias manos. Una ciudad más ha
caído bajo el yugo de los hermanos. Pronto, la profecía se cumplirá y
uno de los dos lucirá la corona y el cetro del reino. Mas no es el único
hado que se ha pronunciado y así como la fortuna alza, también derriba.
El tiempo de la profecía llega. Los elegidos esparcidos pronto
serán reunidos. La ruina del rey inmortal llega inexorable. La sangre llama al destino prometido... Estad
preparados.
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