Desde muy joven le enseñaron que
debía seguir las normas y cumplir con su deber, pues aquel era el mayor orgullo
que se podía tener, y la mayor vergüenza era dejarse llevar por los deseos y las pasiones,
pues éstas volvían vacuos a los hombres y les impedían ser diligentes y
productivos. De esta manera, supo renunciar al color en su vida, como a
cualquier otra cosa que le apartase de la productividad, lo más difícil para él fue renunciar
a aquella joven de sonrisa eterna, pero cuando lo hizo, el color por fin
desapareció y su mundo se tornó de un agradable y ordenado gris que quedó
consolidado con su matrimonio con una mujer tan gris como él, mucho más
adecuada. Aquel sacrificio era su mayor orgullo y después de aquello tuvo la
felicidad absoluta de servir como ayudante personal del dueño de una fábrica
textil de su ciudad, para el cual estaba disponible para cualquier asunto a
cualquier hora del día o de la noche, el deber y el orden era su religión y él era un
creyente sumamente devoto.
Una tarde regresó a la fábrica cerca del atardecer, hacía horas que debería haberse ido a casa, pero quería comprobar que todo estuviese perfecto para el día siguiente. Terminaba su inspección cuando escuchó ruidos en la oficina de su jefe, que debía estar desierta, pero tal vez él se había quedado por algún papeleo, por lo que fue allí a ver si podía aligerar su carga. Según se acercaba los ruidos se hacían más extraños y algo en su interior se removió como queriendo chillar, pero lo acalló como siempre hacía, como le habían enseñado. Abrió la puerta y allí halló a su mujer sobre el escritorio, debajo de su patrón, la risa y el gozo de ambos se detuvo con su irrupción sólo un instante, luego continuaron, invitándole a mirar o marcharse. Cruzó una mirada con su esposa, sin comprender lo que estaba pasando, ésta le desdeñó y le echó a él la culpa de su traición, por haber amado más su deber y su trabajo que a ella, ahora su amor sería para su patrón, que sí la atendía como corresponde a una mujer.
Todo cuanto había sacrificado, todo cuanto había trabajado, toda su devoción, todo el esfuerzo por que todo fuese perfecto le había llevado a aquella situación. Las imágenes se sucedieron en su mente, los recuerdos hechos grises por voluntad propia se agolparon al unísono y los muros de la presa que contenía el océano de emociones de su corazón se resquebrajaron. Apretó los dientes y los puños para retener aquel torrente que se escapaba, pero no podía contra semejante caudal. Su cuerpo empezó a temblar descontroladamente y con él los objetos del despacho se sacudieron hasta caer al suelo. La inundación alcanzó su garganta con un gruñido y la mesa de la traición se partió en dos dejando caer a los amantes, que se detuvieron aturdidos. Los cristales cometieron suicidio en un parpadeo y sus pedazos se desparramaron por el suelo acompañando a sus lágrimas, que caían imparables. Finalmente, el torrente rompió por completo el dique de su corazón y su boca se abrió en un grito mudo que comprimió su cuerpo, los adúlteros se taparon con dolor los oídos antes de que la sangre comenzase a salir de ellos, de su nariz y luego de sus ojos mientras sus vísceras eran aplastadas dentro de sus cuerpos por aquel rugido silencioso.
Cuando abrió los ojos, los amantes infieles yacían inertes con los ojos anegados de sangre, vidriosos y vacíos. Él, siempre educado, atusó su traje, y pidió disculpas a los cadáveres por la intrusión y su repentina pérdida de compostura, informó al cadáver de su jefe de su dimisión y al de su mujer del divorcio, luego se marchó cerrando sin ruido la puerta tras de sí.
Una tarde regresó a la fábrica cerca del atardecer, hacía horas que debería haberse ido a casa, pero quería comprobar que todo estuviese perfecto para el día siguiente. Terminaba su inspección cuando escuchó ruidos en la oficina de su jefe, que debía estar desierta, pero tal vez él se había quedado por algún papeleo, por lo que fue allí a ver si podía aligerar su carga. Según se acercaba los ruidos se hacían más extraños y algo en su interior se removió como queriendo chillar, pero lo acalló como siempre hacía, como le habían enseñado. Abrió la puerta y allí halló a su mujer sobre el escritorio, debajo de su patrón, la risa y el gozo de ambos se detuvo con su irrupción sólo un instante, luego continuaron, invitándole a mirar o marcharse. Cruzó una mirada con su esposa, sin comprender lo que estaba pasando, ésta le desdeñó y le echó a él la culpa de su traición, por haber amado más su deber y su trabajo que a ella, ahora su amor sería para su patrón, que sí la atendía como corresponde a una mujer.
Todo cuanto había sacrificado, todo cuanto había trabajado, toda su devoción, todo el esfuerzo por que todo fuese perfecto le había llevado a aquella situación. Las imágenes se sucedieron en su mente, los recuerdos hechos grises por voluntad propia se agolparon al unísono y los muros de la presa que contenía el océano de emociones de su corazón se resquebrajaron. Apretó los dientes y los puños para retener aquel torrente que se escapaba, pero no podía contra semejante caudal. Su cuerpo empezó a temblar descontroladamente y con él los objetos del despacho se sacudieron hasta caer al suelo. La inundación alcanzó su garganta con un gruñido y la mesa de la traición se partió en dos dejando caer a los amantes, que se detuvieron aturdidos. Los cristales cometieron suicidio en un parpadeo y sus pedazos se desparramaron por el suelo acompañando a sus lágrimas, que caían imparables. Finalmente, el torrente rompió por completo el dique de su corazón y su boca se abrió en un grito mudo que comprimió su cuerpo, los adúlteros se taparon con dolor los oídos antes de que la sangre comenzase a salir de ellos, de su nariz y luego de sus ojos mientras sus vísceras eran aplastadas dentro de sus cuerpos por aquel rugido silencioso.
Cuando abrió los ojos, los amantes infieles yacían inertes con los ojos anegados de sangre, vidriosos y vacíos. Él, siempre educado, atusó su traje, y pidió disculpas a los cadáveres por la intrusión y su repentina pérdida de compostura, informó al cadáver de su jefe de su dimisión y al de su mujer del divorcio, luego se marchó cerrando sin ruido la puerta tras de sí.
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