De pronto, al otro lado de la puerta y de la
ventana una campiña de violáceas hierbas de un palmo de altura se
extiende cortada por un camino de grandes piedras, flores de brillantes
rojos, amarillos y azules llenan de color la hierba y aquí y allá largos
tallos tan altos o más que un hombre se elevan coronados por flores del
tamaño de una sandía cuyos pistilos rojos se mecen y tiemblan con la
suave brisa que levantan las alas de las mariposas de oro y plata que
refulgen reflejando el sol con cada perezoso batir.
Bajo este pórtico se detiene, arriba parece más frío, más oscuro, el miedo finalmente hace acto de presencia, ¿se atreverá a subir?, ¿qué habrá arriba?, se pregunta. Tras unos segundos, su curiosidad vence al temor y finalmente frunce el ceño y da un paso al frente.
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