martes, 18 de febrero de 2014

Relato: Campiña Onírica

De pronto, al otro lado de la puerta y de la ventana una campiña de violáceas hierbas de un palmo de altura se extiende cortada por un camino de grandes piedras, flores de brillantes rojos, amarillos y azules llenan de color la hierba y aquí y allá largos tallos tan altos o más que un hombre se elevan coronados por flores del tamaño de una sandía cuyos pistilos rojos se mecen y tiemblan con la suave brisa que levantan las alas de las mariposas de oro y plata que refulgen reflejando el sol con cada perezoso batir. 

Al pasar remontando el camino, pequeñas criaturas rayadas y azules alzan la cabeza por encima del follaje, atraídos por el sonido de sus pasos un instante antes de volver a sumergirse entre la hierba. El sendero sube la colina pasando al lado de una elevación abrupta sobre la que un gran gato rosa de ojos dorados, tan grande como un gran danés observa con inquietante mirada, pero sin mover más que su cabeza para seguir su camino, que tuerce hacia la izquierda hasta un bosque de árboles de tronco gris y hojas moradas, tan juntos que ni aunque quisiese podría apartarse de la vereda que desciende por una ligera hondonada para luego ascender junto a una gran roca grabada con grandes espirales, pasando bajo un portal de pesados dólmenes igualmente grabados.

Bajo este pórtico se detiene, arriba parece más frío, más oscuro, el miedo finalmente hace acto de presencia, ¿se atreverá a subir?, ¿qué habrá arriba?, se pregunta. Tras unos segundos, su curiosidad vence al temor y finalmente frunce el ceño y da un paso al frente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario