En
silencio se dirige al baño despojándose de la ropa mientras camina para
meterse en el jacuzzi de aquella lujosa habitación de un hotel que decíase estar maldito. Está cansada de luchar contra el mundo, harta de tener
esperanza, enferma de culpabilidad por la inevitable y degenerativa
muerte de su hermana que se había empeñado en impedir a costa de perder
su propia libertad, pero inevitable igualmente. Había entrado allí con
otros para oponerse al mal de aquel lugar, ella era el médico del
equipo, pero ella no había visto mal alguno, sólo lujo, vanidad y
opulencia... todo cuanto ella nunca pudo disfrutar. Si aquello era el
infierno, sin dudar firmaría su condena.
Abre
el grifo del agua caliente y sólo la caliente, que quema como si fuese
lava, pero no le duele, no siente nada. No le preocupa que las luces de
la habitación vayan perdiendo brillo hasta apagarse, ni se inmuta cuando
observa que el agua en que se baña se ha convertido en sangre, sólo
importa que la intensa sensación ardiente calma su angustia, o más bien
anestesia su dolor embriagándola con una sensación que no es paz, sino
más bien como cuando uno cae en un pesado sueño, un sueño en el que la
conciencia se disuelve y desaparece poco a poco la hiriente luz de la
esperanza que durante todos aquellos años había estado iluminando su
sendero, animándola a seguir adelante, a buscar la manera de detener lo
inevitable tan sólo para, al final, dejarla caer en un pozo más
oscuro...
Allí,
tumbada a oscuras, sumergida en sangre hirviente y burbujeante, la
esperanza y el amor salen de su corazón, extirpados de su alma,
calcinados y disueltos para siempre en la roja oscuridad.
Finalmente
emerge lentamente del pozo de sangre, convertida en algo distinto,
oscuro y carente de aquella luz hiriente... no, ese dolor no regresará
nunca más. En su lugar hay un vacío hueco y frío, un hambre extraña por
esa misma luz que le duele y desprecia, una necesidad de arrancársela
del pecho a cualquiera que la tenga y convertirlo en lo que ahora es
ella, un ser libre de la luz mentirosa de la esperanza y el amor que
crece en el corazón como un cáncer, una enfermedad que ella, como
médico, debe extirpar...
Con esa ida obsesiva como un apetito insaciable
sale de la habitación embadurnada aún en una sangre que tal vez sea la
de su propio corazón muerto, pero ya no importa, ahora ya no puede
enfermar, no puede morir, ya no es humana, débil y sometida a estupideces como la bondad. Ahora ella es algo más fuerte, más oscuro... y pronto, todos serán como ella.
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