miércoles, 31 de julio de 2013

Era del Caos. Capítulo 2. Escena 2.

Libro Primero: En el ojo del remolino

El Blasfemo

Hacía años que Calipso vivía en aquella isla y nunca había visto un cielo como aquel, aunque no era sacerdotisa del remolino, conocía a los dioses lo bastante de cerca como para saber que cuando uno de ellos se enfadaba había que ser rápido a la hora de mostrar lealtades y astuto para guardar un as en la manga. Por esa razón, la exénia había tomado una parte de su tesoro personal oculto bajo las rocas de su palafito y ahora subía, como muchos otros habitantes de la isla, a presentar ofrendas en el templo para tratar de aplacar al dios del remolino cuyo iracundo ojo cubría el cielo y llenaba la isla con una sensación opresiva y agobiante. No sabía si podrían apaciguarlo antes de que la cosa fuese a más, pero tenía la esperanza de que al menos pudiera comprar su propia salvación empeñando algunas de sus mejores joyas.

Llevaba varias horas subida en el caballo por el lento avance de la procesión, envuelta en un manto ligero que hacía de capucha y la protegía del recio viento que soplaba de todas direcciones. Ya se veía el templo, sin embargo los lugareños permanecían allí aglomerados ante sus puertas, no había un flujo de personas y no se veía ni rastro de los sacerdotes. La gente estaba empezando a impacientarse, espoleados por el miedo al cielo que observaban con recelo y temor. Algo debía ir realmente mal ahí dentro.

En medio del gentío había un hombre extranjero de aspecto peligroso vestido con una negra armadura de púas preguntando insistentemente qué era lo que estaba ocurriendo. Las gentes se apartaban de él con temor, pero si continuaba insistiendo de esa forma podría hacer que la gente formase una turba y lo sacrificase para aplacar a su dios, así que Calipso se acercó a él.

-¿Quién eres y qué quieres, extranjero?- 

-Soy Fafnir, guerrero Fen de las montañas Espalda de Dragón, viajo por el mundo buscando gente fuerte con la que luchar y medir mis fuerzas para honrar al dios del fuego con mis victorias. ¿Qué está pasando aquí?, subí porque tal vez iba a haber pelea, pero parece que me he metido en alguna fiesta patronal... ¡Sin alcohol! -Dijo escupiendo lo último como algo sumamente disparatado.

 -Nada de eso -Contestó ella, dándose cuenta que aquel hombre no sabía nada de dioses -El dios del remolino está irritado, pero no sabemos porqué -Se sacó un colgante con un rubí engarzado y se lo lanzó al extranjero -ten, ofréndalo y tal vez evites su ira.

-El dios del remolino, ¿eh?, eso parece un buen desafío, ¡que baje y veremos qué tan terrible es! -Exclamó hacia el cielo alegremente. De pronto se hizo el silencio más absoluto y el pueblo congregado se volvió hacia el guerrero, el murmullo se extendió como un reguero de pólvora, encendiendo ojos iracundos hacia el blasfemo.

El guerrero instintivamente llevado por su espíritu de lucha, echó mano al arma que portaba a su espalda, pero no llegó a empuñarla, dándose cuenta de la turba que comenzaba a embravecerse como una ola que primero retira el agua para elevarse y romper imparable contra la playa. Sin pensarlo un instante más, el guerrero saltó del camino y se lanzó por el barranco a la carrera, descendiendo entre derrapes y saltos. Tras él la inmensa ola humana desbordó la pendiente con imparable ímpetu, muchos caían al suelo en el descenso siendo evitados o aplastados por otros para perseguir al Fen entre gritos que alentaban la ira del resto contra quien creían responsable de la ira del dios. Con ellos cabalgaba Calipso, que azuzaba a su montura para dar alcance al guerrero antes que el resto.

El fen saltó sobre una gran roca, se balanceó en una rama y se impulsó aprovechando la inercia para evitar una gran zarza, corrió algunos metros más y se metió de lleno en la jungla tratando de despistar a la turba, pero pese a sus esfuerzos y la dificultad del terreno, la mujer continuaba tras él al galope, recortando poco a poco la distancia hasta que en una pequeña explanada le adelantó y rodeó haciendo encabritar a su animal. 

-Tienes algo que me pertenece -Exigió la encapuchada con la mano extendida. 

-¿Me has perseguido sólo por esto? -Respondió el guerrero, atónito -¿Qué pasa con lo que dije de tu dios?

 -Es el señor de esta isla y le respeto por ello, pero no es mi dios- A lo lejos el rugir de la furibunda marea humana se acercaba -Sube si quieres vivir -Dijo ofreciéndole su mano.

-¿Estás segura de querer ayudarme?, esa gente irá a por ti también -Comentó con ligereza.

-Si alguien me ve, te mataré y les diré que era una treta para hacerte bajar la guardia y acabar contigo sin correr riesgos -Respondió encogiéndose de hombros. 

-Lo tienes todo pensado, eh -Comentó el guerrero subiendo al caballo, sin importarle la posible traición, casi disfrutando con la posibilidad. Luego devolvió la gema a su dueña -Agradezco tu ayuda, mujer.

La montura se quejó por el peso añadido, pero obedeció a su jinete, que le hizo virar y adentrarse más en la espesa jungla, perdiéndose en aquel verde y húmedo laberinto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario