jueves, 14 de marzo de 2013

La primera misión

El grupo de mercenarios ocupaba la suite mayor del hotel, una gran estancia con varias habitaciones y salón principal, todo ello decorado con un estilo antiguo, muy recargado con estatuas y angelotes, con mármoles blancos maderas oscuras y lacados dorados, alfombras gruesas y grandes espejos ovales. Nada de aquello les agradaba, sin embargo el que cada habitación tuviese su propio baño con jacuzzi les permitía perdonar aquel estilo mientras realizaban su misión.

Debían liquidar a un hombre, un catedrático de literatura e historia al que habían expulsado de la universidad por sus excentricidades, al parecer se había obsesionado con ciertos documentos heréticos de la edad media que había estado traduciendo y que se había llevado consigo al ser expulsado. Alguien había pagado una buena suma por acabar con aquel sesentón y recuperar los valiosos volúmenes. Ellos no hacían preguntas, y aunque a él no le olía nada bien el asunto, siendo el nuevo del equipo prefirió callarse y evitarse que le pusieran la "etiquetita" de paranoico y timorato.

Habían encontrado al objetivo aquel mismo día comprando en una tienda de homeopatía. Desde aquel momento habían estado siguiéndolo hasta que finalmente llegó a la que con toda probabilidad debía ser su guarida. Era de esperar que fuese él, el novato, el encargado de realizar la vigilancia aquella noche, Marcus estaba con él de acompañante, era el último del equipo después de él, así que estaba claro que los veteranos habían dejado a los jóvenes el trabajo aburrido para luego acaparar la diversión.

Durante el día no sucedió nada, no fue hasta el anochecer que el anciano descendió al sótano, forzando a los dos mercenarios a desplazarse para poder mantener el contacto visual a través del pequeño ventanuco a ras de suelo que llevaba hasta allí. El viejo erudito se hallaba sentado en una antigua mesa de roble cargada de velas encendidas frente a un antiguo volumen y un pisapapeles de piedra casi del tamaño de su cabeza que parecía una gárgola en miniatura. Marcus llamó entonces al jefe para confirmar el objetivo principal, los libros.

Después de media hora observando al viejo estudiando aquel enorme libro de cuero, su compañero se marchó a dormir dejándole allí mirando cómo el anciano recitaba en voz baja lo que leía (como mucha gente mayor). Al cabo de una hora sintió curiosidad por su lectura y decidió usar el micrófono direccional para ver qué decía, al hacerlo escuchó al viejo hablar en un idioma que no le sonaba en absoluto, pensó en apagar el aparato, sin embargo algo le hizo seguir escuchando, como hipnotizado por aquel leve canturreo cuya entonación parecía ir lentamente "in crescendo".

De pronto el anciano cesó de hablar y sonrió. Luego empezaron los gritos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario