Libro Primero: En el ojo del remolino
Una ayuda infiel
Sentía la cabeza a punto de estallar, el atronador
rugido de la flecha la había tirado al suelo y ahora luchaba por escuchar su
propia voz, que parecía negarse a salir por más que gritase hasta la afonía.
Poco a poco el rugido se convirtió en un murmullo y los sonidos empezaron a
volver tímidamente mientras su cabeza le daba vueltas como si estuviera
navegando en medio de la peor de las tormentas.
El caballo de la nómada había mandado a volar a Urgol,
no es que no se lo mereciera, de hecho, se lo merecía, pero la dueña del animal
además le había quitado las llaves de los grilletes y habría sido bastante feo
que ella, Calipso, no hiciese al menos un intento de preservar la
"mercancía" del tío Bertran, aunque no pensó que el gesto le saldría
tan caro. Tardó demasiado en reaccionar cuando vio a la nómada volverse con ese
brillo de poder en sus ojos y su flecha, su grito de advertencia salió
demasiado tarde y se perdió en la nada cuando el proyectil dio contra el suelo
destapando aquel ruido infernal.
Pasados unos momentos el suelo parecía volver a
ser firme aunque le zumbaban los oídos, se sentía mareada por primera vez en
mucho tiempo, después de todo era Exénia y mujer de mar, el mareo era cosa de
débiles, hombres de tierra y borrachos, no para alguien acostumbrado al mar. Recogió
su preciado alfanje enjoyado del suelo y miró a su alrededor agradeciendo que
la flecha no la cogiese de lleno, pues los pobres guardias a los que atrapó
cerca todavía estaban en el suelo mirando el cielo con ojos vidriosos, otros
gritaban tratando de oírse como ella había hecho hacía un momento y muchos
otros habían perdido la consciencia y quién sabía si la audición. También vio muchas
cadenas que yacían solitarias en el empedrado mientras sus anteriores
acompañantes corrían en pos de la libertad a través de las calles.
Envainando la espada, Calipso corrió tras un trío de
esclavos que corría sin rumbo por la ciudad, dándoles alcance tras un par de
calles les derribó fácilmente lanzándolos hacia un callejón. Los hombres
tomaron trozos de madera para defender con sus vidas su recién adquirida
libertad, pero luchar y matar por la "mercancía" del tío Bertran no
estaba en los planes de Calipso.
-métanse ahí debajo y no se muevan hasta el
anochecer- ordenó a los esclavos señalando los bajos de una casa precariamente
apuntalada. Los esclavos la miraron incrédulos dudando por unos instantes, pero
obedeciendo finalmente con movimientos cautelosos.
Era probable que aquellos hombres no aguantasen
tanto tiempo ahí debajo sin dudar de su palabra y seguramente desobedecerían su
consejo y los capturarían, pero no podrían decir que no intentó ayudarles.
-"lo siento, tío Bertran"-
canturreó para sí misma antes de salir del callejón fingiendo haber perdido la
pista de los esclavos y "ayudando" a los guardias a buscar en la
dirección adecuada, es decir, la opuesta. No es que quisiera fastidiar el
negocio de su tío y de todos modos la mayoría de ellos probablemente volvería a
dar calor a los grilletes antes de la puesta de sol, pero le parecía una
crueldad negarles la oportunidad de ser libres que la suerte había brindado a
aquellos pobres desgraciados. Después de todo, no había sido ella quien les
había quitado las cadenas, ¿verdad?
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