viernes, 22 de marzo de 2013

Era del Caos. Capítulo 1. Escena 4

Libro Primero: En el ojo del remolino 


Una ayuda infiel

Sentía la cabeza a punto de estallar, el atronador rugido de la flecha la había tirado al suelo y ahora luchaba por escuchar su propia voz, que parecía negarse a salir por más que gritase hasta la afonía. Poco a poco el rugido se convirtió en un murmullo y los sonidos empezaron a volver tímidamente mientras su cabeza le daba vueltas como si estuviera navegando en medio de la peor de las tormentas.

El caballo de la nómada había mandado a volar a Urgol, no es que no se lo mereciera, de hecho, se lo merecía, pero la dueña del animal además le había quitado las llaves de los grilletes y habría sido bastante feo que ella, Calipso, no hiciese al menos un intento de preservar la "mercancía" del tío Bertran, aunque no pensó que el gesto le saldría tan caro. Tardó demasiado en reaccionar cuando vio a la nómada volverse con ese brillo de poder en sus ojos y su flecha, su grito de advertencia salió demasiado tarde y se perdió en la nada cuando el proyectil dio contra el suelo destapando aquel ruido infernal.

Pasados unos momentos el suelo parecía volver a ser firme aunque le zumbaban los oídos, se sentía mareada por primera vez en mucho tiempo, después de todo era Exénia y mujer de mar, el mareo era cosa de débiles, hombres de tierra y borrachos, no para alguien acostumbrado al mar. Recogió su preciado alfanje enjoyado del suelo y miró a su alrededor agradeciendo que la flecha no la cogiese de lleno, pues los pobres guardias a los que atrapó cerca todavía estaban en el suelo mirando el cielo con ojos vidriosos, otros gritaban tratando de oírse como ella había hecho hacía un momento y muchos otros habían perdido la consciencia y quién sabía si la audición. También vio muchas cadenas que yacían solitarias en el empedrado mientras sus anteriores acompañantes corrían en pos de la libertad a través de las calles.

Envainando la espada, Calipso corrió tras un trío de esclavos que corría sin rumbo por la ciudad, dándoles alcance tras un par de calles les derribó fácilmente lanzándolos hacia un callejón. Los hombres tomaron trozos de madera para defender con sus vidas su recién adquirida libertad, pero luchar y matar por la "mercancía" del tío Bertran no estaba en los planes de Calipso.

-métanse ahí debajo y no se muevan hasta el anochecer- ordenó a los esclavos señalando los bajos de una casa precariamente apuntalada. Los esclavos la miraron incrédulos dudando por unos instantes, pero obedeciendo finalmente con movimientos cautelosos.

Era probable que aquellos hombres no aguantasen tanto tiempo ahí debajo sin dudar de su palabra y seguramente desobedecerían su consejo y los capturarían, pero no podrían decir que no intentó ayudarles.
-"lo siento, tío Bertran"- canturreó para sí misma antes de salir del callejón fingiendo haber perdido la pista de los esclavos y "ayudando" a los guardias a buscar en la dirección adecuada, es decir, la opuesta. No es que quisiera fastidiar el negocio de su tío y de todos modos la mayoría de ellos probablemente volvería a dar calor a los grilletes antes de la puesta de sol, pero le parecía una crueldad negarles la oportunidad de ser libres que la suerte había brindado a aquellos pobres desgraciados. Después de todo, no había sido ella quien les había quitado las cadenas, ¿verdad?

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