Libro Primero: En el ojo del remolino
La Nómada del Viento
Finalmente se encontraban en tierra. Para Potrodelviento, una nómada Orminón y su yegua, abandonar la tierra firme y viajar en barco había sido una tortura infernal. Los Orminón eran señores de las llanuras que criaban caballos de los que obtenían todo lo que necesitaban, comida, pelo, carne, cuero y lo más importante, monturas rápidas para cabalgar libres tal como mandaba su dios, el gran señor del viento, Haralaah. Estaban hechos para vivir bajo el cielo, no para pudrirse en la maloliente panza de un pez de madera fabricado por el hombre que zozobraba a merced del capricho de las olas. Aquello sería casi sacrilegio si no fuese porque su peregrinaje por mar era mandato del propio dios del viento.
Al llegar al suelo, mujer y yegua se inclinaron mientras la primera musitaba una plegaria de agradecimiento a su dios por el suelo firme bajo sus pies. Una brizna de
viento venido de la selva trajo consigo el aroma de la hierba transportándola por un instante a su hogar, las Llanuras Eternas del Valle del
Sol, al calor de su sabana, a los arrollos escondidos, al olor de los caballos y el cuero de las ropas, a su gente... La yegua la sacó de su ensoñación con un toquecito de su morro para luego llamar su atención sobre el grupo de esclavos.
-¿Qué quieres Makaala?- preguntó la mujer siguiendo la mirada del animal, que bajaba la cabeza subiendo una pata delantera. -¿El
pequeño?, ¿qué le pasa?- dijo observando a aquella criatura baja, peluda y robusta que se había detenido de pronto tratando de separar sus
grilletes por pura fuerza bruta ignorando el implacable látigo
que restallaba sobre su espalda. Parecía a punto de hacer ceder el metal, cuando la
maciza madera de la porra del capataz se estampó con fuerza contra su
cara derribándolo.
La
joven orminón y su compañera equina se acercaron a la escena para encararse con el
calvo y barbudo capataz y su redonda panza de borracho, tan pronunciada que bien
podría hablarse de ellos por separado. El hombre ignoró al animal
apartando su cara con su sudorosa mano, el animal giró su cabeza docilmente y comenzó a volverse, la
joven miró al animal y luego al hombre con una mano en la cadera y
expresión irónica.
-¿Qué quieres, mujer?, ¿buscas un hombre de verdad?- le dijo con una mirada lasciva que sin duda estaría desabrochando los nudos de su chaleco y sus polainas de cuero de caballo.
-Yo no habría hecho eso -comentó la mujer.
-¿Y por qué no? -respondíó el otro con arrogancia.
-A Makaala no le gusta que la toquen los cerdos -replicó apartándose la trenza del hombro con un gesto de superioridad.
-¿Cómo dices maldita zorr..-
La humana chasqueó dos veces su lengua y las iras de la yegua
salieron disparadas hacia el cuerpo del hombre grabando su venganza con
el ruido sordo de sus cascos impactando contra la carne y el crujir de los huesos mientras aquel pesado cuerpo caía sobre el empedrado como una bola de carne retorcida.
La
joven se acercó con una plegaria susurrada en la boca, su arco en la
izquierda y una flecha en la diestra, miró por un instante aquel rostro
grueso enrojecido y congestionado que luchaba por respirar como un pez sobrealimentado
que hubieran sacado del agua y sonrió satisfecha. Luego descolgó del
inexistente cuello del capataz la gruesa cadena con la llave de los grilletes y
rápidamente tensó su arco volviéndose hacia el resto de marineros del
barco y guardias del puerto que ya se acercaban para prenderla. Una sonrisa ladeó
sus labios y disparó en medio de ellos, la flecha no iba dirigida a
ninguno, pero no les dio tiempo a caer en el error de pensar que había fallado, pues al tocar el suelo la flecha rugió con la furia del trueno, como si un relámpago hubiese impactado allí donde la flecha alcanzó la tierra, derribando a los cercanos y ensordeciendo al resto desbaratando su sentido del equilibrio.
Peder sintió el peso de un pequeño y frío objeto metálico caer sobre su pecho. Todavía confuso aún por el golpe y el súbito estruendo lo tomó torpemente, mientras enfocar bien a su salvadora cuya cuya voz sonaba lejana pese a estar cerca diciéndole "aprovecha y huye". La vió saltar sobre la grupa sin silla una yegua blanca y desapareció como un relámpago. De pronto recobró la lucidez (aunque no del todo los sentidos del equilibrio y el oído) y sin perder un instante abrió sus grilletes y pasó la llave a su enorme compañero, que hizo lo propio. Para
cuando los hombres se dieron cuenta de lo que pasaba, la mayoría de los esclavos se habían liberado y huían a la desesperada por las calles de la ciudad. De la nómada, ni rastro.
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