Es cierto que los cuentos de toda la vida son oscuros, incluso terroríficos, si se cuentan como es debido. Por ejemplo el lobo de
caperucita, zalamero y seductor, pero terrible y traicionero; la bruja de la
casita de chocolate de Hänsel y Gretel, tan espantosamente cruel que obligaba a
la niña a limpiar mientras engordaba a su hermano para comérselo sin que ella pudiera
hacer nada más que lamentar su suerte; o la bestia de la bella y la bestia,
condenada a una forma terrible por su orgullo y la dureza de su corazón,
equiparando su exterior al interior.
Vistos de esta forma (como realmente son), los cuentos lucen
terribles y parecen más pensados para traumatizar que para entretener, sin
embargo su propósito no es ni lo uno ni lo otro, el verdadero propósito de los cuentos es enseñar una verdad de la vida y la vida
es tan terrible como hermosa. Gracias al
terrible lobo, los niños no se entretienen por el camino ni hablan con extraños
especialmente si ofrecen algo; gracias a la malvada bruja, los niños no sólo
entienden que algo demasiado bueno puede tener gato encerrado sino que si
colaboran juntos y son astutos pueden escapar del mal; gracias a la bestia, los
niños aprenden las consecuencias del orgullo y el significado de la redención y la esperanza.
Pero, ¿qué consecuencias tiene este “proteger la inocencia“?,
los niños crecen viendo sólo una cara buena de la moneda, saben que la mala
está ahí, los niños no son tontos por más que los adultos queramos creernos lo
contrario, pero aprenden que la gente adulta ya se encarga de eso y así, los
niños siguen siendo bebés cuando deberían ser niños y niños cuando deberían
estarse convirtiendo en adultos. El cuerpo no espera por la mente y sin haber
madurado se encuentran un día con que son (supuestamente) adultos y la realidad
exige algo de ellos. ¿Acaso esto no supone un mayor trauma que el que pueda producir
el lobo feroz?
El problema, por supuesto, es mucho más grande que la parte
que corresponde a los cuentos, pero básicamente la cuestión es la egoísta
insistencia de los adultos de mantener a los niños siendo niños para así
disfrutar de su infancia el mayor tiempo posible, en lugar de intentar que se
conviertan en personas preparadas para vivir el mundo. Esto no significa irse
al otro extremo y ofrecerles una vida dura y gris, pues también es mostrarles
sólo una cara de la moneda, una muy amarga y deprimente que les quitaría la alegría y el amor por la vida.
Sólo a través del equilibrio entre las dos caras de la vida
es que podemos ofrecer una educación adecuada. Tomemos ejemplo de los cuentos,
que equilibran la imaginación con la lección y así muestran la verdad a través
de la fantasía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario