viernes, 15 de febrero de 2013

Era del Caos. Capítulo1. Escena 2


Libro Primero: En el ojo del remolino

La vuelta a casa de Calipso.

La galera se adentró cabizbaja y respetuosa en el pasillo de mar que dejaban los enormes acantilados que defendían la isla con su imponente estatura, suficientemente amplio como para que cinco navíos como aquel pasaran con sus remos extendidos sin llegar a tocarse. La diminuta barca se deslizó entre aquellos  enormes muros naturales siguiendo la amplia curva que describía como un calmo sendero azul hasta la bahía, a cuyas orillas se extendía la única ciudad de la pequeña isla, tras ella se extendía una gran jungla que ascendía por la abrupta cordillera que terminaba en otro gigantesco acantilado que se curvaba hacia el sur por ambos lados, dando lugar a los grandes brazos de piedra que suponían la única entrada a la isla, llamada del remolino por su forma en espiral, apreciable tan sólo si se la observaba desde lo alto del acantilado, donde se encontraba el templo dedicado al dios del lugar, Tsikeriní, una deidad menor, hijo del gran dios del viento y una ninfa de las aguas. 

 La rocosa pared se deslizó a un lado dando paso a la bahía como un brillante amanecer de cobalto y esmeralda. El viento la saludó trayéndole el familiar aroma húmedo y fragante de la selva mezclado con la sal del mar y el almizclado olor de la ciudad amurallada. Apoyada en la punta de proa cerró los ojos e hinchó sus pulmones para embriagarse del olor del que se había convertido en su hogar durante los últimos siete años. Desde el barco, la isla parecía una extensión de la media luna de la bahía. Playa, ciudad, muro, selva y montañas se curvaban concéntricos como ondas del mar congeladas en el tiempo y pintadas amorosamente por los dioses para sobrecoger a aquellos que cruzaban el umbral de la isla.

Poco a poco, el rumor la ciudad se unió a la canción de las olas, cada vez más alto hasta que el capitán comenzó a gritar órdenes a sus marineros para realizar las maniobras de atraque mientras las gaviotas coreaban la bienvenida final acompañando el sonar del tambor y las voces de los remeros.  Calipso sonrió apartándose los negros cabellos lacios del rostro mecidos por la brisa. "Bienvenida a casa".

-¿Te echo un cabo, tío Bertran?- dijo la bella joven al capitán.
-Descuida, Calipso, eres mi pasajera de honor en esta travesía. Además, ya has pagado con creces el pasaje- contestó descorchando con los dientes la enorme botella de cerámica que pendía en bandolera de su hombro. Tras dar un generoso trago al intenso licor de su interior añadió -¡a tu salud!, no te preocupes por el atraque y disfruta, querida- 

Ella le contestó con una cálida sonrisa. El amable Bertran había sido contramaestre y mejor amigo de su padre adoptivo por muchos años, pero finalmente decidió emprender negocio en solitario hacía algún tiempo. Era un buen hombre, feroz tanto con la bebida como con cualquier cosa en la que hubiera dinero de por medio. Tenía razón, el cargamento de aguardiente Fen que se había "agenciado" había pagado con creces este viaje... y unos cuantos más. 

Por un momento, el rumor del mar y los sonidos del atraque la llevaron a la época en la que navegaba con su padre adoptivo en una galera como aquella, más grande tal vez, aprendiendo a esgrimir la espada y manejar los aparejos del bajel. Una vida de aventuras sin preocupaciones mecida por el vaivén de las olas. Un crujido la sacó de su ensoñación, estaban bajando la pasarela.  

Mientras descendían, pasó a su lado una mujer con caballo blanco. Por las ropas de cuero, los zahones, la tez morena y la forma de llevar el caballo, sin arreos ni riendas, más como un enorme acompañante que como un animal de monta, estaba claro que pertenecía a esa raza de nómadas de las llanuras que criaban caballos, sin embargo ya era difícil ver a uno de ellos cerca del mar, ver a aquella mujer y su yegua viajando en barco resultaba insólito, mucho más a aquella isla tan pequeña y sin a penas espacio para galopar. 

El griterío de abajo atrajo su atención hacia el muelle, donde los esclavos habían desembarcado ya para ser llevados a la plaza donde serían vendidos, parecía que uno de ellos estaba poniéndoselo difícil a sus capataces. Era una criatura extraña, pequeña y fornida como si los dioses hubieran tomado a un hombre y lo hubieran aplastado y compactado, llevaba el pelo largo y negro, enmarañado por el cautiverio y la sal, también le crecía sobre la columna, descendiendo hasta el rabo, que era similar al de un perro peludo, también tenía zarpas en vez de dedos, como un oso y parecían bastante temibles. Durante el viaje le había preguntado a su tío de dónde lo habían sacado, y le contó que unos tipos lo habían pillado robándoles en el puerto y luego él se lo había ganado en una partida de dados. Calipso estuvo de acuerdo que con lo exótico y fuerte que se veía, seguro que se podía sacar un buen precio por él en la subasta, pero a ella no le gustaba la esclavitud, después de todo, ella podría haber sido una esclava vendida al mejor postor, y posiblemente hoy en día viviría en el harén de algún seboso comerciante o algo peor si su padre no la hubiese adoptado.  

En algún momento había traficado esclavos con su padre, pero le indignaba la forma en la que Ugor, el capataz de su tío Bertran, los trataba, especialmente porque él mismo había sido un esclavo hacía a penas un par de años. A aquel cerdo siempre le había costado ubicar su lugar, hubo una ocasión en la que se atrevió a intentar tocarla, llevándose como premio la espantosa cicatriz que cruzaba ahora su mandíbula inferior. Calipso sonrió recordándolo y se regodeó en la espesa barba que llevaba para intentar ocultar aquella marca de su espada, un fallo por parte de ella,  en realidad apuntaba a su gaznate.

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