Libro Primero: En el ojo del remolino
La vuelta a casa de Calipso.
La galera se adentró cabizbaja y respetuosa en el
pasillo de mar que dejaban los enormes acantilados que defendían la isla con su
imponente estatura, suficientemente amplio como para que cinco navíos como
aquel pasaran con sus remos extendidos sin llegar a tocarse. La diminuta
barca se deslizó entre aquellos enormes muros naturales siguiendo la
amplia curva que describía como un calmo sendero azul hasta la bahía, a cuyas
orillas se extendía la única ciudad de la pequeña isla, tras ella se extendía
una gran jungla que ascendía por la abrupta cordillera que terminaba en otro
gigantesco acantilado que se curvaba hacia el sur por ambos lados, dando lugar a
los grandes brazos de piedra que suponían la única entrada a la isla, llamada
del remolino por su forma en espiral, apreciable tan sólo si se la observaba
desde lo alto del acantilado, donde se encontraba el templo dedicado al dios del lugar, Tsikeriní, una deidad menor, hijo del gran dios del viento y una ninfa
de las aguas.
La rocosa pared se deslizó a un lado dando paso a
la bahía como un brillante amanecer de cobalto y esmeralda. El viento la saludó
trayéndole el familiar aroma húmedo y fragante de la selva mezclado con la sal del
mar y el almizclado olor de la ciudad amurallada. Apoyada en la punta de proa
cerró los ojos e hinchó sus pulmones para embriagarse del olor del que se había
convertido en su hogar durante los últimos siete años. Desde el barco, la isla
parecía una extensión de la media luna de la bahía. Playa, ciudad, muro, selva
y montañas se curvaban concéntricos como ondas del mar congeladas en el tiempo
y pintadas amorosamente por los dioses para sobrecoger a aquellos que cruzaban
el umbral de la isla.
Poco a poco, el rumor la ciudad se unió a la canción de
las olas, cada vez más alto hasta que el capitán comenzó a gritar órdenes a sus
marineros para realizar las maniobras de atraque mientras las gaviotas coreaban
la bienvenida final acompañando el sonar del tambor y las voces de los
remeros. Calipso sonrió apartándose los negros cabellos lacios del rostro
mecidos por la brisa. "Bienvenida a casa".
-¿Te echo un cabo, tío Bertran?- dijo la bella joven al capitán.
-Descuida, Calipso, eres mi pasajera de honor en esta
travesía. Además, ya has pagado con creces el pasaje- contestó descorchando con los dientes la
enorme botella de cerámica que pendía en bandolera de su hombro. Tras dar un generoso trago al intenso licor de su interior añadió -¡a tu
salud!, no te preocupes por el atraque y disfruta, querida-
Ella le contestó con una cálida sonrisa. El amable Bertran
había sido contramaestre y mejor amigo de su padre adoptivo por muchos años,
pero finalmente decidió emprender negocio en solitario hacía algún tiempo. Era
un buen hombre, feroz tanto con la bebida como con cualquier cosa en la que
hubiera dinero de por medio. Tenía razón, el cargamento de aguardiente Fen que
se había "agenciado" había pagado con creces este viaje... y unos
cuantos más.
Por un momento, el rumor del mar y los sonidos del
atraque la llevaron a la época en la que navegaba con su padre adoptivo en una
galera como aquella, más grande tal vez, aprendiendo a esgrimir la espada y
manejar los aparejos del bajel. Una vida de aventuras sin preocupaciones mecida
por el vaivén de las olas. Un crujido la sacó de su ensoñación, estaban bajando
la pasarela.
Mientras descendían, pasó a su lado una mujer con
caballo blanco. Por las ropas de cuero, los zahones, la tez morena y la forma
de llevar el caballo, sin arreos ni riendas, más como un enorme acompañante que
como un animal de monta, estaba claro que pertenecía a esa raza de nómadas de
las llanuras que criaban caballos, sin embargo ya era difícil ver a uno de ellos
cerca del mar, ver a aquella mujer y su yegua viajando en barco resultaba
insólito, mucho más a aquella isla tan pequeña y sin a penas espacio para
galopar.
El griterío de abajo atrajo su atención hacia el muelle,
donde los esclavos habían desembarcado ya para ser llevados a la plaza donde
serían vendidos, parecía que uno de ellos estaba poniéndoselo difícil a sus
capataces. Era una criatura extraña, pequeña y fornida como si los dioses
hubieran tomado a un hombre y lo hubieran aplastado y compactado, llevaba el
pelo largo y negro, enmarañado por el cautiverio y la sal, también le crecía sobre
la columna, descendiendo hasta el rabo, que era similar al de un perro peludo,
también tenía zarpas en vez de dedos, como un oso y parecían bastante temibles.
Durante el viaje le había preguntado a su tío de dónde lo habían sacado, y le contó que unos tipos lo habían pillado robándoles en el puerto y luego él se lo había
ganado en una partida de dados. Calipso estuvo de acuerdo que con lo exótico y
fuerte que se veía, seguro que se podía sacar un buen precio por él en la
subasta, pero a ella no le gustaba la esclavitud, después de todo, ella podría
haber sido una esclava vendida al mejor postor, y posiblemente hoy en día
viviría en el harén de algún seboso comerciante o algo peor si su padre no la
hubiese adoptado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario