En sus ojos, las llamas ardían con un fulgor muy distinto al de su hoguera. Una llama llama inquietante, alimentada por la feroz batalla que libraba en su interiro.Una batalla contra sus recuerdos y arrepentimientos, contra cada muerte que no pudo o no quiso evitar. Una guerra contra cada horror que había enfrentado hasta ese momento y contra el temor al que debía hacer frente en breve.
El caballero errante cerró los ojos y suspiró. Había logrado vencer una noche más al peor de sus enemigos: Su propia locura.
Publicado en El Vagón de las Artes Nº 9.
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