Libro Primero: En el ojo del remolino.
Cruzando el muro
La
noche cayó sobre la ciudad y mientras los hombres se maceraban en
gritería y alcohol dentro de las tabernas, Peder y su compañero
emergieron silenciosamente de su escondite bajo el desvencijado edificio
en el que se habían ocultado de sus perseguidores. Una vez fuera,
cruzaron en silencio la calle que les separaba de la muralla exterior. Allí, la escasa guardia nocturna hacía su ronda sobre el muro mirando sin mucho recelo
la oscuridad de la jungla que a sus puertas de hierro tocaba silenciosa y
serena.
Al
amparo de las tinieblas, el janar juzgaba la estructura con ojo experto
mientras su compañero trataba de evitar que la traicionera luna
delatase su enorme cuerpo.
-¡son
unos verdaderos chapuzas!- masculló irritado el janar -mira estas
piedras, en serio, ¡míralas!, ¿cómo diablos no se les ha caído esta
basura encima?, si tuviera mis herramientas les tumbaba esta aberración
en un momento y...
Tras
unos minutos maldiciendo la pésima habilidad como constructores de los
habitantes de la isla, su compañero dejó de escuchar por completo,
atendiendo con anhelo a la promesa de libertad que traía el viento desde
la selva. Sólo una débil estructura de piedra de a penas unos metros le
separaban de ella. Peder detuvo sus quejas y llamó su atención.
-¿me estás escuchando?- el salvaje asintió levemente desde la oscuridad -aquí está la salida
-no hay nada -dijo su compañero tras observar el muro detenidamente, no habiendo ningún hueco por el que poder colarse.
-¿es
que no ves la colocación de las piedras? -replicó algo exasperado
-estas están en un vano, la estructura se sostiene en aquel punto y en
ese otro -la pequeña criatura señalaba a un lado y otro hablando como si
todo lo que decía fuese obvio, pero para él seguía siendo un muro de
sólidas piedras amontonadas. Peder pareció notarlo en su rostro
inexpresivo y su mirada estática por lo que se rindió -no lo pillas
¿verdad? -suspiró -no pasa nada, tú ayúdame a empujar este bloque.
Aquello
si era algo que podía entender y juntos se apoyaron contra una losa de
piedra, empujándola con los hombros al unísono. La roca se quejó, pero
puso poca resistencia ante sus poderosas musculaturas y finalmente
salió por el otro lado del muro dejando entrar una corriente de aire perfumado y húmedo.
-¡genial!, esta era la parte difícil, saquemos estas dos y podremos escurrirnos afuera -señaló
animado el pequeño y siguiendo sus expertas instrucciones soltaron los
bloques necesarios para poder pasar arrastrándose hasta el exterior.
Una vez fuera, la
criatura se volvió como para volver a poner las piedras en su sitio,
pero en lugar de eso garabateó en su lengua (consciente de que no serían
entendidas) las siguientes palabras: "VUESTRA MURALLA ES UNA CHAPUZA".
Luego corrieron hacia la selva ocultándose de las miradas de los
guardias, que no vieron más que ramas moverse en la jungla.
Atravesaron
los árboles en la penumbra de la noche alejándose más y más de los
ruidos de la ciudad hasta que a penas fueron un murmullo lejano en la
oscuridad de la noche. A sugerencia del salvaje, subieron a los árboles
para evitar cualquier fiera que pudiera atacarles y así poder descansar
con cierta tranquilidad.
-Por cierto- dijo el janar mientras comían algunos insectos y frutos de los árboles -todavía no me has dicho tu nombre.
-Ohsoderof -contestó
el salvaje -Los otros esclavos me llamaban Adán, supongo que no sabían
decir bien mi nombre -añadió encogiéndose de hombros.
-Eres un poco conformista ¿no? -comentó peder masticando unos escarabajos de crujientes caparazones.
-No le doy importancia a cosas que no la tienen. Un nombre no es importante, lo es la persona.
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