El día que me declaré, ella llegaba del asilo de ancianos donde iba de voluntaria. Yo a veces la miraba entrar en casa por la mirilla de la puerta, ese día se detuvo y miró hacia atrás, pero no simplemente hacia la puerta, ¡hacia mí! y sonrió. Era la tercera vez esa semana que sucedía aquella escena y todas las anteriores me había retirado como un cobarde, pero aquella vez, antes de que se volviese para entrar en su casa abrí la puerta, salí de mi piso, fui hasta ella y, con los ojos cerrados con fuerza, le pedí que saliese conmigo. Ella se limitó a decir con una sonrisa radiante "¿Por qué has tardado tanto?".
Comenzamos nuestra relación y sus rarezas se me hicieron más evidentes, pero no me preocupaba que, cuando creía que no la miraba, se pusiese a hablar sola. Había sido así desde niña, siempre tenía un amigo imaginario distinto con el que hablaba en las escaleras de la puerta del edificio o en el banco del parque. Tampoco me importaba que tuviese miedo de la noche, ¿quién podía culparla en estos tiempos que corren?, pero se me hacía un poco difícil llevarla a cenar y cosas así porque tenía que estar en casa antes de la puesta de sol.
Una vez nos pasó en el cine. No calculamos bien la hora y al salir se había hecho de noche, entonces ella se puso muy pálida y nerviosa, se cubrió los oídos con las manos y cerró los ojos con fuerza. Temblaba tanto que no podía moverse y tuve que llevarla en brazos hasta el coche y luego hasta su casa. Esa noche la pasé con ella, no quiso que la dejase sola, pero tampoco quiso decirme a qué tenía tanto miedo.
Cuando enfermé, ella estuvo a mi lado desde la salida del sol hasta el atardecer, siempre haciéndome sonreír, haciéndome sentir mejor, incluso cuando los médicos me desahuciaron ella continuó siendo positiva hasta el final y cuando mi corazón se detuvo, lo hizo en paz.
Ahora he podido comprender de verdad sus rarezas. Nunca fueron amigos imaginarios, ni sus extraños recados eran fortuitos. Tampoco su miedo a la noche era gratuito, malos espíritus salen de noche buscando un alma buena que devorar... Ahora estoy muerto y soy yo el fantasma con el que Marta habla en las escaleras sin importarle que piensen que está loca.
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