Libro Primero: En el ojo del Remolino.
Una Cueva Concurrida.
Ocelón se había adentrado sólo en la jungla siguiendo su instinto para encontrar a la mujer que perseguía al fugitivo. Después de
mucho rato andando escuchó los cascos de un caballo y sin dudar le salió al paso.
-Saludos,
me he perdido en la jungla y busco un refugio donde... -Su voz se cortó
un momento al darse cuenta de que había encontrado a la mujer que
buscaba. -¿Te encuentras bien?, ¿encontraste al fugitivo?
-¿Tú no eres de por aquí verdad?
-No,
desde luego, pero no me importaría quedarme si fuese en tan buena
compañía -Contestó él con una sonrisa encantadora. Ella le observó de
arriba abajo desde su capucha contemplando su apostura y complacida le
ofreció ayuda.
-No
hay mucho refugio en la selva y hacia el este hay una cueva donde mora
un peligroso fantasma, muchos han desaparecido en ese lugar.
-Deben
ser fantasmas ruidosos porque desde aquí se oyen voces de hombres
hablando -También ella se volvió, sorprendida al escuchar aquel
murmullo que antes, tal vez por la superstición del lugar, no había podido oir.
-Creo que no hay tales fantasmas, hermosa. Acerquémonos y no temas, yo te protegeré.
Pese
a la renuencia de ella, se acercaron juntos a la zona de la caverna
hallando allí un grupo de personas conversando tranquilamente,
guarecidas de las pesadas gotas de lluvia que empezaban a caer sobre la
isla. El grupo pareció percatarse de los recién llegados y
rápidamente adoptaron posiciones de combate. Una mujer que Calipso reconoció como la que había liberado a los prisioneros en el muelle echó mano de su
arco para apuntarles con mano presta mientras la extraña criatura,
mezcla de hombre y tejón que había liberado se cuadraba a cuatro patas y mostraba sus pequeños colmillos inflando la
poderosísima musculatura de su espalda mientras gruñía con el pelo de su columna y cola erizado.
El
caballo de la Exénia se encabritó y aunque su dueña y el hombre a pie
trataron de controlarlo, un nuevo gruñido de la criatura lo desbocó y
tras derribar a su jinete salió huyendo al galope hacia las
profundidades de la selva.
-¿Estás bien? -Preguntó Ocelón abrazándola con su izquierda mientras defendía los cuerpos de ambos con la espada de su diestra
-¡No!, ¡Poseidón, mi caballo! - Exclamó ella mirando en la dirección hacia la que había huido su montura.
-No
venimos a luchar -Dijo Ocelón a los de la cueva tras comprobar de un
vistazo que la mujer no tenía heridas graves -Anochece y no tenemos
refugio para la lluvia- Potrodelviento y Peder intercambiaron miradas,
luego la mujer bajó su arco con cautela mientras el otro se erguía sobre
sus cortas piernas.
-De acuerdo -Anunció la nómada Orminón -Podéis entrar en la cueva, pero sabed que podéis posar aquí tan sólo hasta el amanecer.
-Yo no puedo, tengo que encontrar a mi caballo -Se quejó Calipso con cierta desesperación mientras se levantaba del suelo húmedo.
-Yo lo encontraré -Dijo Potrodelviento dando un paso al frente -Soy Orminón,
criadora de caballos, además yo tengo montura con la que seguir a tu
compañero -Silbó y la magnífica yegua blanca surgió de la oscuridad de
la caverna
para colocarse al lado de su hermana de alma, que montó sobre su grupa
de un
salto -¿Cómo se llama tu caballo?-
-Poseidón -La jinete sólo asintió y tras echar una mirada angustiada al cielo se internó a paso vivo espesura.
-Vamos dentro, siempre es más seguro estar en una cueva -Indicó Peder haciendo de anfitrión y llevando a la desconocida pareja al interior del refugio rocoso.
El
cielo se había desplomado a la caída del sol y la salida de la cueva
había quedado bloqueada por un río de agua y barro que corría furioso
hacia el mar. Una hoguera ardía trémula en el interior de la caverna,
alimentada por las pocas ramitas secas que habían logrado encontrar
antes de que empezase a llover como si el cielo fuese a derrumbarse
sobre ellos. Peder, Calipso y Ocelón se
calentaban con las llamas mientras trataban de conocerse mutuamente y
especulaban sobre lo que podía estar sucediendo en la isla. Por su
parte, Peder se preguntaba qué estarían haciendo el sacerdote-serpiente,
Adán y Fafnir en las profundidades de la caverna, pero no quería
apartarse de la entrada por si regresaba Potro.
-Está tardando mucho -Comentó Peder con impaciencia tras varias horas removiéndose una vez que su curiosidad por los dos nuevos inquilinos de la cueva estuvo satisfecha.
-Es
probable que haya quedado atrapada por la tormenta y haya buscado otro
refugio donde guarecerse hasta que escampe un poco -Respondió Ocelón tratando de calmarle.
-Espero
que Poseidón esté bien -Murmuró Calipso, preocupada -Le puede haber mordido una serpiente o haberse
caído por alguna zanja y roto una pata... estaba muy asustado.
-Que no se turbe tu ánimo, confía en la mano de la Orminón, no hay gente más diestra con los caballos.
En ese momento, el sonido de
uno pasos chapoteando les llegó desde el
exterior de la cueva, al cabo de unos largos segundos apareció en la
entrada no una Orminón y su yegua, sino un hombre de largos cabellos
y ropas de cuero adornadas con huesos y pelo de caballo, completamente
empapado.
-Vaya
tiempo hace, eh -Saludó el recién llegado con ligereza mientras tomaba
asiento junto al fuego cerca de Calipso, a la que dedicó una obvia
mirada de interés que la recorrió de arriba abajo mientras dejaba a su
lado su arco con plena confianza.
-¿¡Y
tú quien eres!?- exclamó Peder, casi indignado por la naturalidad con
la que el desconocido había llegado y sin siquiera una mínima presentación o
permiso se había acomodado junto a ellos.
-Soy Loboveloz, el mejor cazador Orminón
al sur del Mar de los Vientos -Dijo el otro con orgullo, casi como si
estuviese esperando la pregunta -Si suelen viajar mucho, tal vez hayan
oído hablar de mí -respondió con una sonrisa deslumbrante. El grupo se
miró entre sí y negaron con la cabeza, pero aquello no pareció desinflar
el ánimo del recién llegado -Suele pasar, seguramente no
viajan mucho por zonas de caza... Bueno y ya que nos presentamos ¿qué
eres tú?,
no había visto nada parecido- preguntó a Peder.
-Soy Peder, Peder Rocafría, soy un janar- contestó inflando su amplio y musculoso pecho con orgullo.
-No
te pareces a ningún janar que yo haya visto, todos son altos y flacos, tu
en cambio... -Lo miró de arriba abajo un momento -Eres todo lo
contrario.
-Soy
un Colatejón, una raza distinta -Contestó el janar con sequedad,
claramente ofendido por el desdén del cazador -Vivimos bajo las
montañas, muy al sur -Aclaró finalmente.
-He cazado algo por ahí, pero ni vi a ninguno ni escuché de ellos.
-No fuiste lo bastante lejos -Bufó cortante el Colatejón.
-Seguramente, tampoco me van mucho las cuevas...
Espero no haberte ofendido, pequeño -El otro sólo refunfuñó algo ininteligible como única respuesta, luego, el cazador se volvió hacia Calipso ignorando por completo la existencia de Ocelón -Una joven tan
guapa no debería tener una mirada tan triste, querida ¿qué sucedió?, ¿un
mal amor tal vez?, quizá pueda consolarte -Dijo posando una mano casual en el hombro de ella,
que sutilmente se apartó dejándola caer permitiendo a penas un ligero
roce.
-En absoluto, cazador, pero no es asunto para tratar con desconocidos -Contestó ella enarcando una ceja.
-Extraño de ver que una sacerdotisa de Caidamari tímida, especialmente una que maneja la espada, pero me gustan las mujeres que saben defenderse -Respondió dedicándole una sonrisa pícara.
-Molestas a las señorita -Intervino Ocelón.
-No ha dicho nada en tal sentido -Respondió el otro encogiéndose de hombros.
-Es obvio que no te ve lo bastante hombre para ella, de necesitar un hombre, requeriría de un hombre de verdad.
-¿Acaso eres tú tal hombre? -Contestó el Orminón mirándolo de arriba abajo con una mueca burlona.
-Tal
vez o tal vez no, pero sin duda tú no -Respondió con claro gesto de desafío.
Calipso soltó un sonoro
suspiro de hastío murmurando "hombres" y se levantó para sentarse junto a Peder, luego descorchó la botella de ron Exénio que pendía de su cintura
con los dientes y tras darle un par de tragos le ofreció a Peder.
Tras un
momento de duda sopesando el contenido de la botella, ofreció también a
los otros dos con una mirada de advertencia y éstos bebieron un educado
sorbo para evitar las iras de la sacerdotisa.
De
las sombras del interior de la caverna apareció Adán, acercándose con
su habitual silencio hasta que se dio cuenta de los "nuevos inquilinos"
de la cueva, a los que echó un sombrío y prudente vistazo.
-Karth ha encontrado una salida alternativa en la parte trasera de la caverna. Debemos ir.
-¡No podemos!- contestó Peder como un resorte -Potrodelviento
fue a buscar el caballo de esa humana y todavía no ha vuelto, ¡no podemos irnos sin ella! -Adán sopesó
la nueva información con cierto desagrado, luego se sentó dejando escapar un suspiro resignado.
-Entonces habrá que esperar...