Libro primero: En el ojo del remolino
Persecución Callejera
Libre de sus cadenas, Peder dejó caer la llave sobre
el siguiente esclavo y corrió por las calles del puerto buscando un lugar donde
refugiarse seguido por su compañero de remos. Se habían alejado bastante, pero era
consciente que llamaban mucho la atención, especialmente teniendo en cuenta los
chillidos de aquellos a los que ambos arrollaban en su carrera. Cruzaron a toda velocidad
un callejón tras otro tratando de dar esquinazo a los guardias cuyas armaduras oía
cada vez más cerca, cada vez más numerosas.
Al
mirar hacia delante, el janar vio el muro exterior
del pueblo, su puerta de hierro y los hombres armados que sobre él
paseaban
todavía inadvertidos de los sucesos del puerto mientras a su espalda ya
se veían
las presurosas lanzas sorteando personas, animales y puestos del mercado mientras
avanzaban en su busca. Desesperado,
buscó con la mirada otra alternativa que pudiera evitarles luchar a mano
desnuda con los guardias
del muro, último obstáculo para llegar a una selva cuya fragancia podía
oler más allá del
muro, repleta de promesas de libertad. En ese momento se percató de una
estrecha rendija oscura entre dos casas, lo
bastante ancha quizás para que pudieran meterse y lo bastante estrecha
para pasar desapercibida. Dudó por un momento, pues si la vista
le engañaba y resultaba ser demasiado apretada perderían demasiado
tiempo y estarían
atrapados. Indeciso sopesó de nuevo sus opciones y miró a su compañero,
que se debatía con la misma tesitura. Finalmente, casi a la vista de los
soldados, se volvieron hacia la rendija y, sacándose todo el aire de los
pulmones, se
arrastraron torpemente al interior de aquel espacio tan reducido que a
duras penas les permitía
respirar.
Los soldados pasaron por la calle a toda prisa
tratando de darles caza sin hallarles, pero Peder no se sentía a salvo, ni
siquiera sabiendo que los humanos poseían menos olfato que una piedra. El
nerviosismo, la dificultad para respirar y el sonido cada vez más lejano de las armaduras le
hicieron decidirse a probar suerte y salir del escondrijo por el lado opuesto.
El janar salió y mientras su compañero se arrastraba al exterior, él se ocultó bajo
el la tela de un puesto de sandías que había a escasos metros.
-¡detente!,
¿Quién eres?- Oyó decir a un soldado
cerca de él... demasiado cerca. Con cautela asomó un ojo por un agujero de la tela raída y vio a
su
acompañante acorralado por dos
guardias para los que su enorme cuerpo no había logrado pasar
desapercibido. El que había hablado tenía la mano en la empuñadura de su
espada, el
segundo estaba parapetado tras su escudo y le cortaba el paso, listo
para embestir con él al menor movimiento.
El primer soldado repitió su pregunta, visiblemente más tenso por el silencio del enorme salvaje de cabello enmarañado.
-¡mira sus
muñecas!- dijo el segundo soldado –¡es uno de los esclavos!
Antes de que pudiera reaccionar, el salvaje ya
tenía dos espadas contra su cuello, un
escudo contra su cuerpo y una tibia pared de piedra bloqueándole el paso. Estaba
atrapado.
Ante aquella la situación,
el janar salió de su escondite, pero se enfrentaba a hombres armados y con armadura así que buscó algo con lo que ayudarse. Vio entonces las pesadas bandejas de sandías y tomó una, la alzó sobre su cabeza y la arrojó contra el guardia más cercano, que
instintivamente se
protegió la cabeza alzando el escudo. Había caído en la trampa de Peder, sus piernas estaban desprotegidas y su visión cubierta por el
escudo. Entonces el janar clavó las cuatro zarpas en la tierra y se propulsó a
toda velocidad contra las piernas del soldado, que salió por los aires
describiendo una vuelta completa antes de desplomarse de bruces contra
el duro adoquinado quedando atontado por el impacto. El otro guardia se volvió contra el janar, que
intentaba frenar su carrera arañando el suelo casi a su lado, pero al volverse descuidó a su prisionero,
quien sin dudarlo un instante, se abalanzó sobre él, lo derribó y le estampó el casco contra el suelo dejándolo inconsciente.
La
escena había llamado mucho la atención de los
viandantes y salían huyendo de ellos. Pronto aparecerían más guardias
siguiendo el ruido y la descripción de los aldeanos así que debían darse
prisa.
-Hay que esconderse hasta el anochecer- murmuró el
salvaje.
-Si, vamos por aquí, parece que esa casa tiene
otra grieta a ras de suelo, será difícil que nos vean- propuso el janar avanzando hacia allí a cuatro patas. El salvaje
le siguió de mala gana, no le gustaban las grietas.