viernes, 18 de abril de 2014

Relato: Marta.

La gente decía que mi vecina, Marta, estaba loca, pero a mí siempre me pareció la mejor persona del mundo: Amable, sensible, sonriente y siempre estaba dispuesta a ayudar. Era cierto que tenía sus rarezas, pero eran tantas sus virtudes que no pude evitar enamorarme de ella.

El día que me declaré, ella llegaba del asilo de ancianos donde iba de voluntaria. Yo a veces la miraba entrar en casa por la mirilla de la puerta, ese día se detuvo y miró hacia atrás, pero no simplemente hacia la puerta, ¡hacia mí! y sonrió. Era la tercera vez esa semana que sucedía aquella escena y todas las anteriores me había retirado como un cobarde, pero aquella vez, antes de que se volviese para entrar en su casa abrí la puerta, salí de mi piso, fui hasta ella y, con los ojos cerrados con fuerza, le pedí que saliese conmigo. Ella se limitó a decir con una sonrisa radiante "¿Por qué has tardado tanto?".

Comenzamos nuestra relación y sus rarezas se me hicieron más evidentes, pero no me preocupaba que, cuando creía que no la miraba, se pusiese a hablar sola. Había sido así desde niña, siempre tenía un amigo imaginario distinto con el que hablaba en las escaleras de la puerta del edificio o en el banco del parque. Tampoco me importaba que tuviese miedo de la noche, ¿quién podía culparla en estos tiempos que corren?, pero se me hacía un poco difícil llevarla a cenar y cosas así porque tenía que estar en casa antes de la puesta de sol.

Una vez nos pasó en el cine. No calculamos bien la hora y al salir se había hecho de noche, entonces ella se puso muy pálida y nerviosa, se cubrió los oídos con las manos y cerró los ojos con fuerza. Temblaba tanto que no podía moverse y tuve que llevarla en brazos hasta el coche y luego hasta su casa. Esa noche la pasé con ella, no quiso que la dejase sola, pero tampoco quiso decirme a qué tenía tanto miedo.

Cuando enfermé, ella estuvo a mi lado desde la salida del sol hasta el atardecer, siempre haciéndome sonreír, haciéndome sentir mejor, incluso cuando los médicos me desahuciaron ella continuó siendo positiva hasta el final y cuando mi corazón se detuvo, lo hizo en paz.

Ahora he podido comprender de verdad sus rarezas. Nunca fueron amigos imaginarios, ni sus extraños recados eran fortuitos. Tampoco su miedo a la noche era gratuito, malos espíritus salen de noche buscando un alma buena que devorar... Ahora estoy muerto y soy yo el fantasma con el que Marta habla en las escaleras sin importarle que piensen que está loca.

lunes, 14 de abril de 2014

Ella

En sutil cruel amorío,
 
a sus ojeras homenaje.
 
Conversaciones de cama con la locura,
 
joven en demasía frecuentada,
 
que a quien la visita venda la mirada
 
con el opio de su sonrisa cara.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Relato: El gran seductor.

Se miró al espejo y sonrió a su reflejo. Peinó el escaso cabello que le quedaba a los lados de la cabeza y frotó su calva para dejarla lustrosa. Se ajustó los gemelos de oro y, mientras se abrochaba los botones de su camisa blanca, echó un vistazo por el reflejo a la cama de la habitación contigua, donde aquellas dos despampanantes mujeres yacían desnudas y dormidas bajo las sábanas revueltas. Una rubia y la otra latina, qué podía decir, siempre le había gustado la variedad.

Volvió la vista a su reflejo mientras se hacía el nudo de la corbata con la experta destreza de quien lo hace cada día. No dejaba de sorprenderle cómo, siendo él tan bajito que necesitaba un taburete para poder verse en el espejo, calvo, rechoncho y con leves bolsas bajo los ojos, casi con cara de besugo, podía conseguir meter en su cama mujeres tan impresionantes.

El juego siempre empezaba igual: Entraba en el local sin que nadie le prestase atención, reconocía visualmente el terreno desde la barra con un vaso de whisky en la mano hasta encontrar una mujer de su agrado, entonces se acercaba y ésta le miraba desde su altura con desdén, a veces incluso con asco. Si además estaba con otro hombre que también intentaba seducirla, le resultaba incluso más divertido. Le gustaba la competencia, le añadía dificultad y era mayor la satisfacción cuando salía victorioso, que por norma general era siempre.Hecho el acercamiento y aguantado el desprecio inicial desplegaba su labia y comenzaba realmente el juego.  En diez minutos romía las defensas de ella a base de hablarle y hacerla reír. En ese punto ella ya se había olvidado del otro tío, que a veces intentaba algún patético contraataque que lo hacía parecer un cretino. A esas alturas, la mujer estaba dispuesta a seguirle a la pista de baile y tras otros diez o veinte minutos sería ella misma la que le llevaría a la habitación.

Era impagable ese momento en el que se iba con la chica dejando al otro tío con tres palmos de narices, intentando asimilar cómo aquel retaco con cara de besugo le había levantado el ligue. Le encantaba regodearse con la victoria saludándolo por encima del hombro o guiñándole un ojo mientras llevaba a la dama por la cintura, cosa que alguna vez le había costado una paliza a la postre.

El leve sonido de las mujeres prontas a despertar por la luz del alba le hizo salir de su ensoñación y darse prisa en vestirse. No le gustaba el momento en el que se despertaban, de pronto volvían a verle tal y como se veía él en el espejo, como si de pronto saliesen de un hechizo, y cuando la sorpresa pasaba, empezaba la escenita de lágrimas arrepentidas, huidas apresuradas y demás, alguna hasta le había lanzado un jarrón o el teléfono de la mesilla de noche... Definitivamente odiaba esa parte, y esta vez, como muchas otras, no estaría ahí para ver caer el telón de su teatro.

Silencioso como una sombra salió de la habitación de hotel con los zapatos en las manos, se calzó en el mismo pasillo, saludó a la sirvienta que pasaba por allí y se marchó silbando triunfante con la chaqueta sobre un hombro. Había vencido a la belleza una vez más.

martes, 11 de marzo de 2014

Cuando las ideas se resisten

A veces tenemos una buena idea, pero cuando nos lanzamos a hacerla realidad o bien la ejecución no le hace justicia o bien nos perdemos a medio camino y resulta que el resultado final dista bastante de lo que teníamos en mente. Es una parte frustrante del proceso creativo, pero es que algunas ideas requieren más gestación que otras.

Es en estos momentos de contrariedad creativa cuando los "asesores" del artista (amigos, familiares, etc.) resultan sumamente importantes, porque su opinión aporta un punto de vista alternativo que puede despejar muchas dudas e incluso abrir nuevos caminos para la ejecución de la idea. También es cierto que su opinión no siempre nos gusta, a veces incluso nos repele y nos resulta casi una profanación de la idea, pero cuidado, porque dentro de ese punto de vista tan adverso podemos encontar una pieza que nos permite avanzar, una vuelta de tuerca o quizás simplemente nos aclare a dónde no queremos llegar con nuestra idea, lo que es bastante importante. En cualquier caso, siempre hay que ser humilde cuando pedimos opinión y tener claro que no todo el mundo va a seguir nuestro hilo de pensamiento.

Pese a todo, con asesores incluidos, es posible que después de mucho trabajo la idea continúe resistiéndose, tomando una forma que no es la que queremos y que por más que lo intentemos no damos con ello. En esos momentos lo mejor es dejar reposar la idea, porque quizás no estamos preparados para ella o porque simplemente necesita macerar un tiempo en un rincón oscuro de nuestra creatividad, nutrirse con más experiencias o incluso aprender nuevas técnicas artísticas. Sin embargo, aunque dejemos descansar sin agobios a nuestra idea, hay que tenerla siempre presente para que no caiga en el olvido y recurrir a ella cuando creemos que ha llegado el momento.

En algunos casos, el proceso de trabajo y descanso se repite varias veces, y puede que en cada vez se transforme un poco o que incluso deshaga cosas que ya estaban hechas y de las que nos sentíamos orgullosos, pero debemos hacerlo aunque nos duela. Una vez, encontrándome yo en una tesitura semejante, un artista me dijo que no había que tenerle miedo al borrador y a que algo que nos había costado hacer quedase oculto, porque el resultado final es mucho mejor. En su momento hice caso de su consejo y la verdad es que tenía razón, el sacrificio valió la pena.

Para resumir, tres consejos para las ideas que se resisten:
  1. Contar con buenos asesores que nos aconsejen y aporten puntos de vista diferentes.
  2. No ceder a la frustración, sino dejar madurar las ideas un tiempo sin olvidarlas.
  3. Nunca tener miedo a transformar la obra y borrar cosas, el resultado lo compensa.

Hasta aquí la reflexión de hoy.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Relato: Caos Liberado

Desde muy joven le enseñaron que debía seguir las normas y cumplir con su deber, pues aquel era el mayor orgullo que se podía tener, y la mayor vergüenza era dejarse llevar por los deseos y las pasiones, pues éstas volvían vacuos a los hombres y les impedían ser diligentes y productivos. De esta manera, supo renunciar al color en su vida, como a cualquier otra cosa que le apartase de la productividad, lo más difícil para él fue renunciar a aquella joven de sonrisa eterna, pero cuando lo hizo, el color por fin desapareció y su mundo se tornó de un agradable y ordenado gris que quedó consolidado con su matrimonio con una mujer tan gris como él, mucho más adecuada. Aquel sacrificio era su mayor orgullo y después de aquello tuvo la felicidad absoluta de servir como ayudante personal del dueño de una fábrica textil de su ciudad, para el cual estaba disponible para cualquier asunto a cualquier hora del día o de la noche, el deber y el orden era su religión y él era un creyente sumamente devoto.

Una tarde regresó a la fábrica cerca del atardecer, hacía horas que debería haberse ido a casa, pero quería comprobar que todo estuviese perfecto para el día siguiente. Terminaba su inspección cuando escuchó ruidos en la oficina de su jefe, que debía estar desierta, pero tal vez él se había quedado por algún papeleo, por lo que fue allí a ver si podía aligerar su carga. Según se acercaba los ruidos se hacían más extraños y algo en su interior se removió como queriendo chillar, pero lo acalló como siempre hacía, como le habían enseñado. Abrió la puerta y allí halló a su mujer sobre el escritorio, debajo de su patrón, la risa y el gozo de ambos se detuvo con su irrupción sólo un instante, luego continuaron, invitándole a mirar o marcharse. Cruzó una mirada con su esposa, sin comprender lo que estaba pasando, ésta le desdeñó y le echó a él la culpa de su traición, por haber amado más su deber y su trabajo que a ella, ahora su amor sería para su patrón, que sí la atendía como corresponde a una mujer.
 

Todo cuanto había sacrificado, todo cuanto había trabajado, toda su devoción, todo el esfuerzo por que todo fuese perfecto le había llevado a aquella situación. Las imágenes se sucedieron en su mente, los recuerdos hechos
grises por voluntad propia se agolparon al unísono y los muros de la presa que contenía el océano de emociones de su corazón se resquebrajaron. Apretó los dientes y los puños para retener aquel torrente que se escapaba, pero no podía contra semejante caudal. Su cuerpo empezó a temblar descontroladamente y con él los objetos del despacho se sacudieron hasta caer al suelo. La inundación alcanzó su garganta con un gruñido y la mesa de la traición se partió en dos dejando caer a los amantes, que se detuvieron aturdidos. Los cristales cometieron suicidio en un parpadeo y sus pedazos se desparramaron por el suelo acompañando a sus lágrimas, que caían imparables. Finalmente, el torrente rompió por completo el dique de su corazón y su boca se abrió en un grito mudo que comprimió su cuerpo, los adúlteros se taparon con dolor los oídos antes de que la sangre comenzase a salir de ellos, de su nariz y luego de sus ojos mientras sus vísceras eran aplastadas dentro de sus cuerpos por aquel rugido silencioso.

Cuando abrió los ojos, los amantes infieles yacían inertes con los ojos anegados de sangre, vidriosos y vacíos. Él, siempre educado, atusó su traje, y pidió disculpas a los cadáveres por la intrusión y su repentina pérdida de compostura, informó al cadáver de su jefe de su dimisión y al de su mujer del divorcio, luego se marchó cerrando sin ruido la puerta tras de sí.


Fuera, el cielo ardía con el atardecer, y se detuvo unos instantes a contemplar aquel maravilloso espectáculo de color como si lo viese por primera vez. Entonces aquellos rojos, dorados y naranjas contra los azules y morados le dieron una idea que le hizo esbozar una sonrisa y silbando alegremente caminó de regreso a su casa con pensamientos incendiarios.