Él odiaba aquella parte, reconstruir los hechos, pero para eso le habían contratado, así que tomó aire, cerró los ojos para concentrarse y contuvo el aliento. Cuando los abrió de nuevo, el tiempo protestó con una sacudida y se removió, negándose a cambiar su curso hasta que, lentamente, fue rindiéndose a su voluntad y a regresar por donde había venido, fluyendo pesadamente en sentido contrario.
Durante unos instantes no ocurió nada, tan sólo la luz que atravesaba las cortinas variaba lentamente su inclinación hasta que repentinamente unos pies inertes asomaron por la puerta del salón, deshaciendo el surco que habían formado entre los escombros del salón. A los pies les siguieron las piernas y poco después el cuerpo de la mujer, doblándose terriblemente contra el marco de la puerta hasta enderezarse y continuar su retroceso. La cabeza hizo su aparición, con su rubia y enmarañada cabellera sujeta con fuerza por la mano de un hombre que la usaba para arrastrar el maltrecho cadáver.
El tiempo continuó su marcha hacia atrás revelando con implacable sinceridad cada golpe, reconstruyendo cada vaso de cristal y cada pieza del juego de porcelana, retornando cada libro y cada mueble a su lugar. Cada puñalada invertida hacía volar la sangre esparcida desde todas partes hasta el cuerpo de ella, sellando su piel y deshaciendo el daño en sus huesos, devolviéndole la vida, devolviéndole el dolor, devolviéndole el miedo...
El corazón del vidente vibro con fuerza y el flujo de la escena se detuvo despacio, como una pluma cayendo al suelo. Dio un paso y avanzó por la escena detenida, rodeó a la pareja y miró a los ojos del asesino congelado en el pasado, con su rostro contraído por la furia y la terrible arma en su mano, refulgiendo con el sol que se colaba por la ventana, limpio, justo antes de comenzar a teñirse de rojo... Su cuerpo reclamó imperiosamente el aire que necesitaba e incapaz de seguir conteniendo el aliento exhaló y el tiempo quedó libre de su presa, fluyendo como un torrente a toda velocidad, recreando la violenta escena hasta regresar a su cauce en el momento actual.
El investigador luchó por calmar su corazón desbocado y devolverle el oxígeno que había estado negando a su cuerpo, las sienes le palpitaban como un tren fuera de control y sintió que estaba a punto de desmayarse, pero otros ojos le observaban cargados de prejuicios, no podía permitirse el lujo de caer. Tomó otra larga bocanada de aire para recobrar la compostura, se irguió y observó a los presentes por un instante antes de responder a su silenciosa, pero insistente pregunta:
-Están equivocados, señores. Fue el amante, no el marido.


