viernes, 25 de enero de 2013

Era del Caos. Introducción y Capítulo 1, Escena 1

Durante años he creado mundos e historias para amenizar las veladas con mis amigos como bien se hacía en tiempos inmemoriales alrededor de las hogueras, ya fuesen leidas en un libro, improvisadas, o relatadas de memoria, pasadas de generación en generación.

Era del Caos es el nombre que le di a un mundo imaginario situado en un pasado remoto y arcáico, una era de dioses caprichosos, héroes legendarios y monstruos terroríficos. Un mundo inspirado por las fábulas de homero que nutrieron mi niñez, transformado por mi imaginación y enriquecido por la colaboración de los mismos amigos a los que conté tales historias.




Libro Primero: En el ojo del remolino

Compañeros de remo.

Los tambores resuenan rítmicamente marcando el compás con el que esclavos y reos tiran de los grandes remos a los que están encadenados y a los que se aferran con una mezcla de odio, pesar y resignación. El olor a sudor, aceite y sangre se mezcla con el salitre del mar que se cuela por los huecos y grietas de la galera que cruza discreta las aguas tranquilas del mar. 

El látigo restalla de nuevo sobre la fornida espalda de un extraño remero que no alcanza el metro y medio, pero más fuerte que cualquiera de los allí presentes. Al golpear su peluda espalda, la criatura no grita, sólo protesta y refunfuña, apretando los dientes con furia, deseando devolverle la caricia al capataz con sus afiladas zarpas, hechas para excavar túneles en la dura tierra. A su lado, un hombretón de piel morena y melena espesa como la de un león comparte con él la carga del remo y recibe parte de las atenciones del capataz, con su propia ración aparte por protestar. Es el látigo el que gana la disputa repitiendo su doloroso argumento contra sus magulladas espaldas hasta que ambos reos desisten y continuan su labor en silencio.  

El hombre alto mira con expresión grave y elocuente a su compañero, ni dos semanas hacía que eran libres y aún podía olerse la tierra y la hierba en su piel más allá del hedor de cinco días como remeros en aquella inmunda galera. El otro le devuelve la mirada.

-Eh, soy Peder, Peder Rocafría- dijo la criatura con el mismo ánimo que tendría si se presentase en la barra de una taberna en lugar de encadenado a un remo -soy un Janar, de las montañas - añadió con orgullo aunque el otro aquella información no le decía nada en absoluto, jamás había visto una criatura semejante ni estado en montaña alguna- tu también hueles a tierra ¿por qué estás aquí?- 

-No lo sé - contestó su interlocutor con voz profunda y cavernosa -Lo último que recuerdo antes de llevar grilletes fue luchar contra un gigante junto a Umbaba- añadió sin poder evitar una mueca de culpabilidad. 

-¿y dónde está?, ¿y quien es?- preguntó con cada vez más curiosidad la extraña criatura de pequeñas orejas picudas, espalda peluda y rabo que le hacía aparentar que llevase la piel de un tejón sobre la espalda.

-era mi compañero tótem... un león- respondió el hombre salvaje con la mirada perdida en el recuerdo de su cálida sabana natal, al norte de aquel mar.

-aaaah... yo estoy aquí porque, bueno yo viajaba con unos Fen desde las montañas cuando vi una bolsa sin dueño, y claro sólo quería ver qué había dentro, no pretendía llevarme nada pero...-   
¡Plash, Plash!, restalló el látigo dos veces en cada espalda recordándoles quien mandaba. 

-¡cállense, escoria!, u os cortaré la lengua a ambos- rugió el calvo y barbudo capataz señalándolos con furia.
-¡Malditos Exenios!- bufó Peder y el látigo volvió a herir su piel imponiendo el silencio.

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